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vea00026.jpgDios no es sólo quien nos gobierna y nuestro creador, sino también nuestro Padre Celestial. “Todo hombre y mujer es… literalmente hijo o hija de Dios… el hombre, como espíritu, fue engendrado por padres celestiales, nació de ellos y se crió hasta la madurez en las mansiones eternas del Padre antes de venir a la tierra en un cuerpo temporal (físico)” (véase Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: Joseph F. Smith, pág. 360).

Toda persona que ha nacido sobre la tierra es nuestro hermano o hermana celestial. El primer hijo espiritual que tuvieron nuestros Padres Celestiales fue Jesucristo (véase D. y C. 93:21);. Debido a que somos hijos espirituales de nuestros Padres Celestiales, hemos heredado el potencial de desarrollar las cualidades divinas que ellos poseen. Si lo hacemos, nos convertiremos, tal como ellos, en seres perfectos.

Las Escrituras nos enseñan que los profetas se prepararon, mientras todavía eran espíritus celestiales, para llegar a ser líderes en la tierra (véase Alma 13:1–3). Dios los preordenó (escogió) para que fueran Sus líderes sobre la tierra antes de que nacieran con cuerpos terrenales. Jesucristo, Adán y Abraham fueron algunos de esos líderes escogidos (véase Abraham 3:22–23). José Smith enseñó que toda persona que ha recibido un llamamiento de liderazgo dentro de la Iglesia fue preordenada para ese propósito. Sin embargo, en la tierra, cada quien es libre de aceptar o rechazar ese llamamiento.

No todos fuimos iguales en el cielo; nuestros talentos y habilidades eran diferentes. Además, se nos llamó para efectuar obras distintas sobre la tierra.

Aun cuando nosotros lo hemos olvidado, nuestro Padre Celestial recuerda quiénes fuimos y qué hicimos antes de venir a la tierra. Él ha elegido el momento y el lugar en el que cada uno de nosotros debe nacer para aprender las lecciones que necesitaremos en forma individual y para sacar el mayor provecho de nuestros talentos y nuestra personalidad.

Nuestros Padres Celestiales nos proporcionaron un hogar celestial mucho más glorioso y hermoso de lo que puede ser cualquier lugar aquí en la tierra, y en el que fuimos muy felices. Sin embargo, ellos sabían que no podríamos progresar más allá de cierto punto determinado, a menos que los dejáramos durante algún tiempo.

Nuestros Padres Celestiales deseaban que nosotros desarrolláramos las cualidades divinas que ellos poseían. Para que eso fuera posible, obtener experiencia. Deberíamos escoger entre lo bueno y lo malo; nuestro espíritu adquiriría un cuerpo físico que abandonaría a la hora de la muerte, y con el cual se reuniría nuevamente en la resurrección, para recibir entonces un cuerpo inmortal semejante al de nuestros Padres Celestiales. Si pasábamos todas las pruebas, podríamos recibir la plenitud de gozo que nuestros Padres Celestiales han recibido (véase D. y C. 93:30–34).

Al no poder progresar más en el cielo, nuestro Padre Celestial convocó un Gran Concilio con el fin de presentarnos un plan para nuestro progreso (véase Enseñanzas del Profeta José Smith, págs. 433, 453). En él aprendimos que si seguíamos ese plan podríamos llegar a ser como Dios; tendríamos un cuerpo resucitado y plenitud de poder en los cielos y en la tierra; seríamos semejantes a nuestros Padres Celestiales y tendríamos hijos espirituales tal como ellos (véase D. y C. 132:19–20).

Se nos dijo que Él nos proporcionaría una tierra en la cual seríamos probados (Abraham 3:24– 26). Un velo cubriría nuestra memoria y olvidaríamos todo acerca de nuestro hogar celestial. Esto era necesario a fin de que pudiésemos escoger entre lo bueno y lo malo sin la influencia del recuerdo de lo que vivimos con nuestro Padre Celestial. De esa forma, lo obedeceríamos debido a nuestra fe en él y no a causa del conocimiento o el recuerdo que guardábamos de Él. Nuestro Padre Celestial nos ayudaría a reconocer la verdad cuando la escucháramos de nuevo sobre la tierra (véase Juan 18:37).

En el Gran Concilio también se nos dijo el propósito de nuestro progreso: el obtener una plenitud de gozo. Sin embargo, también supimos que no todos los hijos de nuestro Padre Celestial deseaban recibir esa plenitud de gozo. Algunos de nosotros seríamos engañados, escogeríamos otros senderos y perderíamos el camino.

Nos enteramos que todos tendríamos que pasar por pruebas durante nuestra vida: enfermedades, fracasos, penas, dolor y muerte; pero también comprendimos que serían para nuestro bien y nos servirían de experiencia (véase D. y C. 122:7). Si lo permitíamos, estas pruebas nos purificarían en lugar de hacernos fracasar; nos enseñarían a ser perseverantes, pacientes y caritativos (véase Spencer W. Kimball, La fe precede al milagro, págs. 96–98).

En ese concilio, aprendimos también que debido a nuestra debilidad todos nosotros pecaríamos; que se nos proporcionaría un Salvador para que pudiéramos vencer nuestros pecados y la muerte por medio de la resurrección. Aprendimos que si teníamos fe en Él, obedecíamos Su palabra y emulábamos Su ejemplo, seríamos exaltados y llegaríamos a ser como nuestros Padres Celestiales, y recibiríamos una plenitud de gozo.

Acondicionado de Principios del Evangelio

 

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