La divina institución del matrimonio

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En http://www.noticiasmormonas.org.pe/articulo/la-divina-instituci%C3%B3n-del-matrimonio de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Se encuentra publicado el siguiente artículo, el cual encuentro sumamente interesante para poder entender el significado del matrimonio.

Introduccion

Recientemente, la Corte Suprema de California [Estados Unidos], decretó que el matrimonio entre personas del mismo sexo era legal en ese estado. Por reconocer la importancia que el matrimonio tiene en la sociedad, la Iglesia aceptó la invitación para participar en ProtectMarriage [Proteger el matrimonio], una coalición de iglesias, organizaciones y personas que patrocinan una medida de voto en noviembre, la Propuesta 8, la cual enmendaría la constitución estatal de California para asegurar que únicamente se reconociera legalmente el matrimonio entre un hombre y una mujer. (La información sobre la coalición se encuentra en http://www.protectmarriage.com/).

El 20 de junio de 2008, la Primera Presidencia de la Iglesia distribuyó una carta en cuanto a “Preservar el matrimonio tradicional y el fortalecimiento de las familias”, anunciando la participación de la Iglesia en la coalición. En la carta, que se leyó en los servicios de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en California, se suplicó que los miembros de la Iglesia “hicieran todo lo posible por apoyar la enmienda constitucional propuesta”.

Los miembros de la Iglesia de Arizona y de Florida también votarán por enmiendas constitucionales sobre el matrimonio en sus estados respectivos, donde se están organizando coaliciones similares a la de California.

El enfoque de la participación de la Iglesia tiene que ver específicamente con el matrimonio con personas del mismo sexo y sus consecuencias. La Iglesia no se opone a los derechos (ya establecidos en California) tocante a hospitalización y atención médica, derechos para igualdad de vivienda y empleo, o derechos testamentarios, en tanto que éstos no infrinjan en la integridad de la familia o en los derechos constitucionales de las iglesias y sus adeptos de administrar y practicar su religión libres de interferencia gubernamental.

La Iglesia tiene una norma única y firme de moralidad sexual: las relaciones íntimas son apropiadas únicamente entre un esposo y una esposa unidos en los lazos del matrimonio.

La oposición de la Iglesia al matrimonio entre personas del mismo sexo no constituye ni tolera ninguna clase de hostilidad hacia los hombres y las mujeres homosexuales. El proteger el matrimonio entre un hombre y una mujer no afecta las obligaciones cristianas de los miembros de la Iglesia de tener amor, amabilidad y benevolencia hacia todas las personas.

Mientras que los miembros de la Iglesia deciden el nivel apropiado en el que participarán en proteger el matrimonio entre un hombre y una mujer, deben abordar este tema con respeto, entendimiento, honradez y cortesía para los demás.

Con el fin de reducir los mal entendidos y la mala voluntad, la Iglesia ha producido el siguiente documento “La divina institución del matrimonio”, y ha proporcionado los vínculos correspondientes a otros materiales, para explicar las razones por las que defiende el matrimonio entre un hombre y una mujer como un asunto imperativo moral.

La divina institución del matrimonio
El matrimonio es sagrado y ordenado por Dios desde antes de la fundación del mundo. Después de crear a Adán y a Eva, el Señor Dios los pronunció esposo y esposa, de lo cual Adán dijo: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se allegará a su mujer, y serán una sola carne”. Jesucristo citó la declaración de Adán cuando reafirmó el origen divino del convenio del matrimonio: “No habéis leído que el que los hizo al principio, hombre y mujer los hizo, y dijo: Por tanto, el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y los dos serán una sola carne? Así que, no son ya más dos, sino una sola carne”.

En 1995, “La Familia: Una Proclamación para el Mundo” declaró las siguientes verdades inalterables en cuanto al matrimonio:
Nosotros, la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce Apóstoles de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, solemnemente proclamamos que el matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios y que la familia es fundamental en el plan del Creador para el destino eterno de Sus hijos… La familia es ordenada por Dios. El matrimonio entre el hombre y la mujer es esencial para Su plan eterno. Los hijos merecen nacer dentro de los lazos del matrimonio y ser criados por un padre y una madre que honren sus votos matrimoniales con completa fidelidad.

La Proclamación también enseña: “El ser hombre o el ser mujer es una característica esencial de la identidad y del propósito premortales, mortales y eternos de la persona”. El relato de Génesis, de cuando Adán y Eva fueron creados y puestos sobre la tierra recalca la creación de dos géneros distintos: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”.

El matrimonio entre un hombre y una mujer es fundamental en el plan de salvación. La naturaleza sagrada del matrimonio está estrechamente unida al poder de la procreación. Únicamente un hombre y una mujer, juntos, tienen la capacidad natural biológica de concebir hijos. Este poder de procreación —de crear vida y traer al mundo a los hijos de Dios, engendrados en espíritu— es sagrado y de gran valor. El uso indebido de este poder socava la institución de la familia y, por consiguiente, debilita la estructura social. Las familias fuertes funcionan como la institución básica para transmitir a las generaciones futuras las fortalezas morales, las tradiciones y los valores que sostienen a la civilización. Como se afirma en la Declaración Universal de Derechos Humanos: “La familia es el grupo natural y fundamental de la sociedad”.

El matrimonio no es ante todo un contrato establecido entre dos personas a fin de ratificar sus afectos y proveer de lo necesario para las obligaciones mutuas. Más bien, el matrimonio y la familia son instrumentos vitales para criar hijos y enseñarles a llegar a ser adultos responsables. Aunque los gobiernos no inventaron el matrimonio, a través de las edades, los gobiernos de todos tipos han reconocido y reafirmado el matrimonio como una institución esencial para preservar la estabilidad social y perpetuar la vida misma. Por consiguiente, ya sea que los matrimonios se hayan efectuado como un rito religioso o una ceremonia civil, en casi todas las culturas, a las parejas casadas se les han concedido beneficios especiales que cuyo objeto principal es sostener su relación y promover un ambiente en el cual se críe a los hijos. Un esposo y una esposa no reciben esos beneficios a fin de elevarse por encima de cualquier pareja que quizás comparta una residencia o un lazo social, sino más bien para preservar, proteger y defender las instituciones sumamente importantes del matrimonio y de la familia.

Es un hecho que algunas parejas que se casan no tendrán hijos, ya sea por decisión propia o por razones de esterilidad, sin embargo, el estatus especial de matrimonio está estrechamente unido a los poderes innatos y a las responsabilidades de la procreación, y a las diferencias intrínsecas que existen entre los géneros. La cohabitación bajo cualquier pretexto o título no es razón suficiente para definir nuevas formas de matrimonio.

Los elevados índices de divorcio y de nacimientos fuera del matrimonio han resultado en un número sumamente grande de padres solteros en los Estados Unidos. Muchos de estos padres solteros han criado hijos ejemplares; no obstante, amplios estudios han demostrado que, en general, un esposo y una esposa, unidos en un matrimonio amoroso y completamente comprometido, proporcionan el ambiente óptimo para proteger, nutrir y criar a los hijos. Eso no es simplemente debido a los recursos personales substanciales que dos padres pueden aportar a la crianza de un hijo, sino debido a las diversas fortalezas que un padre y una madre, en virtud de su propio género, aportan a la tarea. Como dijo el destacado sociólogo David Popenoe:
La carga de la evidencia de la ciencia social corrobora la idea de que las diferencias de género en la tarea de ser padres son importantes para el desarrollo humano y que la colaboración del padre en la crianza de los hijos es única e irremplazable.
Popenoe explicó:
… Los estilos de crianza, donde el hombre y la mujer se complementan el uno al otro, son sorprendentes y de enorme importancia para el desarrollo pleno del niño. A veces se dice que el padre expresa más preocupación por el desarrollo a largo plazo del niño, mientras que la madre se concentra en el bienestar inmediato del niño (lo cual, naturalmente, cada uno por sí solo tiene mucho que ver con el bienestar a largo plazo del niño). Lo que queda claro es que los niños tienen necesidades duales que se deben satisfacer: una de independencia y la otra de parentesco, una de desafío y la otra de apoyo.
El historiador social David Blankenhorn hace un argumento similar en su libro Estados Unidos sin padres. En una sociedad ideal, a todo niño lo debe criar un padre y una madre.
Desafíos para el matrimonio y la familia
Nuestra era moderna ha visto que el matrimonio y la familia tradicionales —que se define como esposo y esposa con hijos en un matrimonio intacto— se agreden con mayor frecuencia. La moralidad sexual ha decaído y la infidelidad ha aumentado. Desde 1960, la proporción de niños nacidos fuera de los lazos del matrimonio se ha elevado de un 5,3 por ciento a un 38,5 por ciento en 2006.  El divorcio ha llegado a ser mucho más común y aceptado, teniendo los Estados Unidos el índice más elevado de divorcios en el mundo. Desde 1973, el aborto ha acabado con la vida de más de 45 millones de inocentes. Al mismo tiempo, las normas del entretenimiento siguen decayendo, y la pornografía se ha convertido en una plaga que aqueja a muchos y que ha cobrado muchas víctimas. Cada vez más se rechazan las diferencias de género como algo trivial, que no vienen al caso, o que son pasajeras, socavando de ese modo los propósitos de Dios al crear tanto a hombres como a mujeres.

En años recientes, en los Estados Unidos y otros países, ha surgido un movimiento que tiene como fin promover el matrimonio entre personas del mismo sexo como un derecho innato o constitucional. Esto no es un paso insignificante, sino un cambio radical: en vez de que la sociedad tolere o acepte una conducta privada o con consentimiento mutuo entre adultos, los defensores del matrimonio entre personas del mismo sexo procuran su respaldo y reconocimiento oficial.

Las decisiones de los tribunales de Massachusetts (2004) y de California (2008) han reconocido los matrimonios entre personas del mismo sexo. Esta tendencia constituye una grave amenaza para el matrimonio y la familia. La institución del matrimonio se debilitará, lo que resultará en consecuencias negativas tanto para los adultos como para los niños.

En noviembre de 2008, los votantes en California decidirán si se enmendará la constitución del estado a fin de definir el matrimonio únicamente entre un hombre y una mujer. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se ha unido a una coalición más extensa de otras denominaciones, organizaciones y de personas a fin de alentar la aprobación de los votantes respecto a esta enmienda.

Los habitantes de los Estados Unidos, actuando ya sea directamente o por medio de sus representantes elegidos, han reconocido el importante papel que el matrimonio tradicional ha tenido y que debe seguir teniendo en la sociedad estadounidense si se han de proteger a los niños y a las familias y si se han de propagar los valores morales.
En cuarenta y cuatro estados se han promulgado leyes que dejan en claro que el matrimonio es entre un hombre y una mujer. Más de la mitad de esos estados, veintisiete en total, lo han hecho por medio de enmiendas constitucionales, como las que están en trámite en California, Arizona y Florida.

Por el contrario, las personas que impondrían en la sociedad estadounidense el matrimonio entre personas del mismo sexo han elegido un curso diferente. Los que abogan por dicho matrimonio han llevado el caso a los tribunales estatales, solicitando que los jueces vuelvan a definir la institución del matrimonio que la sociedad ha aceptado y sobre la que ha dependido por miles de años. Sí, incluso en ese contexto, una gran mayoría de tribunales, seis de ocho tribunales supremos de estado, han apoyado las leyes del matrimonio tradicional. Sólo dos, Massachusetts y ahora California, han ido en dirección contraria, y en esos casos, únicamente por los márgenes más estrechos: de 4 a 3 en ambos casos.

En resumen, hay un firme consenso en Estados Unidos en cuanto a lo que es el matrimonio. Cuando la misma gente de California reconoció cuando votó en cuanto a ese asunto hace sólo ocho años, el matrimonio tradicional es esencial para la sociedad en general, y especialmente para los niños. Debido a que esta pregunta va dirigida al corazón mismo de la familia, debido a que es uno de los grandes temas morales de nuestros tiempos, y debido a que tiene el potencial de impactar enormemente a la familia, la Iglesia está dando su opinión en este asunto, y pidiendo a los miembros que tomen parte en ello.
Tolerancia, matrimonio entre personas del mismo sexo y libertad religiosa
Aquellos que abogan por el matrimonio homosexual afirman que la “tolerancia” exige que se les conceda el mismo derecho de casarse que tienen las parejas heterosexuales. Pero esta súplica por la “tolerancia” propone un significado y un resultado muy diferentes de lo que esa palabra ha significado a través de gran parte de la historia de los Estados Unidos y un significado diferente del que se encuentra en el evangelio de Jesucristo. El Salvador enseñó un concepto mucho más elevado, el del amor. “Ama a tu prójimo”, amonestó. Jesús amó al pecador aunque al mismo tiempo condenaba el pecado, como se manifestó en el caso de la mujer que fue sorprendida en adulterio: tratándola con bondad, pero exhortándola: “no peques más”. La tolerancia como un principio del Evangelio significa amarse y perdonarse unos a otros, no “tolerar” la transgresión.

En el mundo secular de hoy, la idea de la tolerancia ha cobrado un significado totalmente diferente. En vez de amor, ha llegado a significar aprobar o consentir un mal comportamiento como precio por la amistad. Jesús enseñó que nos amáramos y nos cuidáramos unos a otros sin aprobar la transgresión. Pero hoy día, la definición políticamente correcta insiste que a menos que una persona acepte el pecado, no tiene tolerancia por el pecador.
Como explicó el élder Dallin H. Oaks:

Obviamente, la tolerancia requiere una manera no contenciosa de relacionarnos en cuanto a las diferencias de los unos y los otros. Sin embargo, la tolerancia no requiere que abandonemos nuestras normas u opiniones en lo relacionado con decisiones políticas o de normas públicas. La tolerancia es una manera de reaccionar a la diversidad, no un mandato para aislarnos del análisis.
La Iglesia no aprueba el maltrato de los demás y alienta a sus miembros que traten a todas las personas con respeto. No obstante, el expresar opiniones en contra de las prácticas con las que la Iglesia está en desacuerdo por asuntos morales, incluyendo el matrimonio entre personas del mismo sexo, no constituye maltrato o el término usado erróneamente “diálogo de odio”. Podemos expresar amor y amistad sinceros por el miembro de la familia o el amigo homosexual sin aceptar la práctica de la homosexualidad ni la redefinición del matrimonio.

La legalización del matrimonio con personas del mismo sexo afectará un amplio espectro de actividades y normas gubernamentales. Tan pronto como el gobierno estatal declare que las uniones de personas del mismo sexo son un derecho civil, es casi seguro que esos gobiernos pondrán en vigor una variedad de normas que tengan como fin asegurar que no se discrimine a las parejas del mismo sexo. Esto bien podría poner a la “iglesia y al gobierno en una trayectoria de colisión”.

La posibilidad de tener el matrimonio entre personas del mismo sexo ya ha dado pie a colisiones legales con los derechos de libertad de expresión y de la acción basada en las creencias religiosas. Por ejemplo, los proponentes de ello y los oficiales gubernamentales de ciertos estados ya están cuestionando el derecho que por mucho tiempo han tenido las agencias religiosas de adopción de seguir sus creencias religiosas y únicamente colocar a los niños en hogares donde haya una madre y un padre. A consecuencia de ello, las Caridades Católicas de la ciudad de Boston han dejado de proporcionar servicios de adopción.

Otros defensores del matrimonio entre personas del mismo sexo recomiendan que se retiren las exenciones de impuestos y prestaciones de cualquier organización religiosa que no acepte las uniones de personas del mismo sexo. Las leyes para acomodar al público ya se están aplicando como un medio para tratar de obligar a las organizaciones religiosas para que permitan que se lleven a cabo celebraciones o recepciones matrimoniales en instalaciones religiosas que normalmente están abiertas al público. En algunos casos, organizaciones acreditadas están presionando a las escuelas y universidades religiosas para que proporcionen vivienda para estudiantes casados para matrimonios con personas del mismo sexo. En algunas universidades les están diciendo a las organizaciones religiosas de estudiantes que podrían perder su reconocimiento y prestaciones en el campus si excluyen a las parejas del mismo sexo de pertenecer a clubes.

Muchos de estos ejemplos ya se han hecho una realidad legal en varias naciones de la Unión Europea, y el Parlamento Europeo ha recomendado que las leyes que garanticen y protejan los derechos de los matrimonios entre personas del mismo sexo se uniformicen a lo largo de la Unión.  Por consiguiente, si el matrimonio entre personas del mismo sexo se convierte en un derecho civil reconocido, habrá un número considerable de conflictos con respecto a la libertad de religión, y en algunos puntos importantes, es posible que ésta se menoscabe.
¿En qué forma afectaría a la sociedad el matrimonio entre personas del mismo sexo?
Las posibles restricciones en la libertad de religión no son las únicas implicaciones que tendría en la sociedad la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo. Tal vez el argumento más común que hacen los que proponen el matrimonio entre personas del mismo sexo es que es esencialmente inofensivo y que no dañará la institución del matrimonio tradicional heterosexual de ningún modo. “No te afectará, así que ¿por qué te debería importarte?”, es el dicho común. Si bien es cierto que el permitir las uniones entre personas del mismo sexo no afectará inmediata y directamente a todos los matrimonios actuales, la verdadera pregunta es cómo afectará a la sociedad en general con el tiempo, incluyendo a la nueva generación y a las futuras generaciones. La experiencia que han tenido los pocos países europeos que ya han legalizado los matrimonios entre personas del mismo sexo sugiere que cualquier disolución de la definición tradicional del matrimonio seguirá deteriorando la estabilidad, ya débil, de los matrimonios y de la familia en general. El adoptar el matrimonio entre personas del mismo sexo pone en riesgo el concepto tradicional del matrimonio, con consecuencias nocivas para la sociedad.

Aparte de la sumamente grave consecuencia de socavar y debilitar la naturaleza sagrada entre un hombre y una mujer, hay muchas implicaciones prácticas en la esfera de la norma pública que serán de gran preocupación para los padres y para la sociedad entera. Estas implicaciones son críticas para poder entender la gravedad de todo el tema del matrimonio entre personas del mismo sexo.

Cuando un hombre y una mujer se casan con la intención de formar una nueva familia, su éxito en esa empresa depende de la voluntad que tengan para renunciar a la búsqueda egoísta de la satisfacción personal y sacrificar su tiempo y medios al cuidado y a la crianza de los hijos. Básicamente, el matrimonio es un acto desinteresado: legalmente protegido porque sólo un hombre y una mujer pueden crear vida nueva, y porque la crianza de los hijos requiere un compromiso de toda la vida, el cual el matrimonio ha de proporcionar. El reconocimiento por parte de la sociedad de los matrimonios entre personas del mismo sexo no se puede justificar por motivos de que proporciona satisfacción personal a la pareja, ya que el propósito del gobierno no es proporcionar protección legal para todas las maneras posibles mediante las cuales las personas procuran realizarse. Por definición, todas las uniones del mismo sexo son estériles, y dos personas del mismo sexo, cualesquiera sean sus afectos, nunca pueden formar un matrimonio que se dedique a criar a su propia descendencia mutua.

Es cierto que algunas parejas del mismo sexo pueden obtener tutela o custodia de hijos: mediante relaciones heterosexuales previas, mediante la adopción en los estados donde se permita, o mediante la inseminación artificial. A pesar de todo eso, la pregunta más importante sobre la norma pública debe ser: ¿cuál ambiente es el mejor para el niño y para la nueva generación? El matrimonio tradicional proporciona a los hijos una sólida identidad social bien establecida. Aumenta la posibilidad de que éstos puedan formar una clara identidad sexual, estando la sexualidad íntimamente vinculada al amor como a la procreación. Por el contrario, la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo probablemente desintegre la identidad social, el desarrollo del género y el carácter moral de los hijos. ¿Es en realidad prudente que la sociedad persiga un experimento tan radical sin tomar en cuenta las consecuencias de largo plazo que tendrá en los hijos?

Simplemente como un ejemplo de la forma en que esto tendrá un efecto adverso en los hijos, el establecimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo como derecho civil inevitablemente requerirá cambios obligatorios en los programas de estudios escolar. Cuando el gobierno afirma que las uniones del mismo sexo equivalen a matrimonios heterosexuales, el plan de estudios de las escuelas públicas tendrán que respaldar esa afirmación. Empezando en las escuelas primarias, a los niños se les enseñará que el matrimonio se puede definir como una relación entre dos adultos y que las relaciones sexuales con consentimiento mutuo son moralmente neutrales. Se puede esperar que la instrucción en las aulas de las escuelas secundarias sobre la educación sexual equiparen la intimidad sexual con las relaciones heterosexuales. Estos cambios crearán serios desacuerdos entre la agenda del sistema escolar secular y el derecho que tienen los padres de enseñar a sus hijos las normas tradicionales de la moralidad.

Por último, a lo largo de la historia, la familia ha sido un baluarte esencial de la libertad de las personas. Las paredes del hogar proporcionan una defensa contra las influencias sociales nocivas y los poderes a veces extralimitados del gobierno. En ausencia de maltrato o descuido, el gobierno no tiene el derecho de intervenir en la crianza y la educación moral de los hijos en el hogar.

Por consiguiente, las familias fuertes son vitales para la libertad política. Pero cuando los gobiernos se atreven a redefinir la naturaleza del matrimonio, a emitir reglamentaciones para asegurar la aceptación pública de las uniones no tradicionales, dan un paso más para intervenir en la esfera sagrada de la vida doméstica. Las consecuencias de cruzar esta línea son muchas e impredecibles, pero probablemente incluirán un aumento en el poder y el alcance del gobierno hacia cualquier fin que persiga.
La santidad del matrimonio
Las familias firmes y estables, encabezadas por un padre y una madre, son el ancla de la sociedad civilizada. Cuando el matrimonio se debilita debido a la confusión de los géneros y a las distorsiones de su significado divino, a la nueva generación de niños y jóvenes se les hará cada vez más difícil desarrollar su identidad natural como hombres o mujeres. A algunos se les hará más difícil entablar relaciones sanas, formar matrimonios estables y levantar aun otra generación a la que se le inculque fortaleza moral y propósito.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ha elegido participar, junto con muchas otras iglesias, organizaciones y personas, en defender la santidad del matrimonio entre un hombre y una mujer porque es un imperioso asunto moral de profunda importancia para nuestra religión y para el futuro de nuestra sociedad.

En el último renglón de la Proclamación sobre la Familia aparece una admonición al mundo de parte de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce: “Hacemos un llamado a los ciudadanos responsables y a los funcionarios de gobierno de todas partes para que fomenten aquellas medidas designadas a fortalecer a la familia y a mantenerla como la unidad fundamental de la sociedad”. Ése es el curso que han trazado los líderes de la Iglesia, y es el único camino de seguridad para la Iglesia y para la nación.

La divina institución del matrimonio

Introduccion

Recientemente, la Corte Suprema de California [Estados Unidos], decretó que el matrimonio entre personas del mismo sexo era legal en ese estado. Por reconocer la importancia que el matrimonio tiene en la sociedad, la Iglesia aceptó la invitación para participar en ProtectMarriage [Proteger el matrimonio], una coalición de iglesias, organizaciones y personas que patrocinan una medida de voto en noviembre, la Propuesta 8, la cual enmendaría la constitución estatal de California para asegurar que únicamente se reconociera legalmente el matrimonio entre un hombre y una mujer. (La información sobre la coalición se encuentra en http://www.protectmarriage.com/).

El 20 de junio de 2008, la Primera Presidencia de la Iglesia distribuyó una carta en cuanto a “Preservar el matrimonio tradicional y el fortalecimiento de las familias”, anunciando la participación de la Iglesia en la coalición. En la carta, que se leyó en los servicios de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en California, se suplicó que los miembros de la Iglesia “hicieran todo lo posible por apoyar la enmienda constitucional propuesta”.

Los miembros de la Iglesia de Arizona y de Florida también votarán por enmiendas constitucionales sobre el matrimonio en sus estados respectivos, donde se están organizando coaliciones similares a la de California.

El enfoque de la participación de la Iglesia tiene que ver específicamente con el matrimonio con personas del mismo sexo y sus consecuencias. La Iglesia no se opone a los derechos (ya establecidos en California) tocante a hospitalización y atención médica, derechos para igualdad de vivienda y empleo, o derechos testamentarios, en tanto que éstos no infrinjan en la integridad de la familia o en los derechos constitucionales de las iglesias y sus adeptos de administrar y practicar su religión libres de interferencia gubernamental.

La Iglesia tiene una norma única y firme de moralidad sexual: las relaciones íntimas son apropiadas únicamente entre un esposo y una esposa unidos en los lazos del matrimonio.

La oposición de la Iglesia al matrimonio entre personas del mismo sexo no constituye ni tolera ninguna clase de hostilidad hacia los hombres y las mujeres homosexuales. El proteger el matrimonio entre un hombre y una mujer no afecta las obligaciones cristianas de los miembros de la Iglesia de tener amor, amabilidad y benevolencia hacia todas las personas.

Mientras que los miembros de la Iglesia deciden el nivel apropiado en el que participarán en proteger el matrimonio entre un hombre y una mujer, deben abordar este tema con respeto, entendimiento, honradez y cortesía para los demás.

Con el fin de reducir los mal entendidos y la mala voluntad, la Iglesia ha producido el siguiente documento “La divina institución del matrimonio”, y ha proporcionado los vínculos correspondientes a otros materiales, para explicar las razones por las que defiende el matrimonio entre un hombre y una mujer como un asunto imperativo moral.

La divina institución del matrimonio
El matrimonio es sagrado y ordenado por Dios desde antes de la fundación del mundo. Después de crear a Adán y a Eva, el Señor Dios los pronunció esposo y esposa, de lo cual Adán dijo: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se allegará a su mujer, y serán una sola carne”. Jesucristo citó la declaración de Adán cuando reafirmó el origen divino del convenio del matrimonio: “No habéis leído que el que los hizo al principio, hombre y mujer los hizo, y dijo: Por tanto, el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y los dos serán una sola carne? Así que, no son ya más dos, sino una sola carne”.

En 1995, “La Familia: Una Proclamación para el Mundo” declaró las siguientes verdades inalterables en cuanto al matrimonio:
Nosotros, la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce Apóstoles de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, solemnemente proclamamos que el matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios y que la familia es fundamental en el plan del Creador para el destino eterno de Sus hijos… La familia es ordenada por Dios. El matrimonio entre el hombre y la mujer es esencial para Su plan eterno. Los hijos merecen nacer dentro de los lazos del matrimonio y ser criados por un padre y una madre que honren sus votos matrimoniales con completa fidelidad.

La Proclamación también enseña: “El ser hombre o el ser mujer es una característica esencial de la identidad y del propósito premortales, mortales y eternos de la persona”. El relato de Génesis, de cuando Adán y Eva fueron creados y puestos sobre la tierra recalca la creación de dos géneros distintos: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”.

El matrimonio entre un hombre y una mujer es fundamental en el plan de salvación. La naturaleza sagrada del matrimonio está estrechamente unida al poder de la procreación. Únicamente un hombre y una mujer, juntos, tienen la capacidad natural biológica de concebir hijos. Este poder de procreación —de crear vida y traer al mundo a los hijos de Dios, engendrados en espíritu— es sagrado y de gran valor. El uso indebido de este poder socava la institución de la familia y, por consiguiente, debilita la estructura social. Las familias fuertes funcionan como la institución básica para transmitir a las generaciones futuras las fortalezas morales, las tradiciones y los valores que sostienen a la civilización. Como se afirma en la Declaración Universal de Derechos Humanos: “La familia es el grupo natural y fundamental de la sociedad”.

El matrimonio no es ante todo un contrato establecido entre dos personas a fin de ratificar sus afectos y proveer de lo necesario para las obligaciones mutuas. Más bien, el matrimonio y la familia son instrumentos vitales para criar hijos y enseñarles a llegar a ser adultos responsables. Aunque los gobiernos no inventaron el matrimonio, a través de las edades, los gobiernos de todos tipos han reconocido y reafirmado el matrimonio como una institución esencial para preservar la estabilidad social y perpetuar la vida misma. Por consiguiente, ya sea que los matrimonios se hayan efectuado como un rito religioso o una ceremonia civil, en casi todas las culturas, a las parejas casadas se les han concedido beneficios especiales que cuyo objeto principal es sostener su relación y promover un ambiente en el cual se críe a los hijos. Un esposo y una esposa no reciben esos beneficios a fin de elevarse por encima de cualquier pareja que quizás comparta una residencia o un lazo social, sino más bien para preservar, proteger y defender las instituciones sumamente importantes del matrimonio y de la familia.

Es un hecho que algunas parejas que se casan no tendrán hijos, ya sea por decisión propia o por razones de esterilidad, sin embargo, el estatus especial de matrimonio está estrechamente unido a los poderes innatos y a las responsabilidades de la procreación, y a las diferencias intrínsecas que existen entre los géneros. La cohabitación bajo cualquier pretexto o título no es razón suficiente para definir nuevas formas de matrimonio.

Los elevados índices de divorcio y de nacimientos fuera del matrimonio han resultado en un número sumamente grande de padres solteros en los Estados Unidos. Muchos de estos padres solteros han criado hijos ejemplares; no obstante, amplios estudios han demostrado que, en general, un esposo y una esposa, unidos en un matrimonio amoroso y completamente comprometido, proporcionan el ambiente óptimo para proteger, nutrir y criar a los hijos. Eso no es simplemente debido a los recursos personales substanciales que dos padres pueden aportar a la crianza de un hijo, sino debido a las diversas fortalezas que un padre y una madre, en virtud de su propio género, aportan a la tarea. Como dijo el destacado sociólogo David Popenoe:
La carga de la evidencia de la ciencia social corrobora la idea de que las diferencias de género en la tarea de ser padres son importantes para el desarrollo humano y que la colaboración del padre en la crianza de los hijos es única e irremplazable.
Popenoe explicó:
… Los estilos de crianza, donde el hombre y la mujer se complementan el uno al otro, son sorprendentes y de enorme importancia para el desarrollo pleno del niño. A veces se dice que el padre expresa más preocupación por el desarrollo a largo plazo del niño, mientras que la madre se concentra en el bienestar inmediato del niño (lo cual, naturalmente, cada uno por sí solo tiene mucho que ver con el bienestar a largo plazo del niño). Lo que queda claro es que los niños tienen necesidades duales que se deben satisfacer: una de independencia y la otra de parentesco, una de desafío y la otra de apoyo.
El historiador social David Blankenhorn hace un argumento similar en su libro Estados Unidos sin padres. En una sociedad ideal, a todo niño lo debe criar un padre y una madre.
Desafíos para el matrimonio y la familia
Nuestra era moderna ha visto que el matrimonio y la familia tradicionales —que se define como esposo y esposa con hijos en un matrimonio intacto— se agreden con mayor frecuencia. La moralidad sexual ha decaído y la infidelidad ha aumentado. Desde 1960, la proporción de niños nacidos fuera de los lazos del matrimonio se ha elevado de un 5,3 por ciento a un 38,5 por ciento en 2006.  El divorcio ha llegado a ser mucho más común y aceptado, teniendo los Estados Unidos el índice más elevado de divorcios en el mundo. Desde 1973, el aborto ha acabado con la vida de más de 45 millones de inocentes. Al mismo tiempo, las normas del entretenimiento siguen decayendo, y la pornografía se ha convertido en una plaga que aqueja a muchos y que ha cobrado muchas víctimas. Cada vez más se rechazan las diferencias de género como algo trivial, que no vienen al caso, o que son pasajeras, socavando de ese modo los propósitos de Dios al crear tanto a hombres como a mujeres.

En años recientes, en los Estados Unidos y otros países, ha surgido un movimiento que tiene como fin promover el matrimonio entre personas del mismo sexo como un derecho innato o constitucional. Esto no es un paso insignificante, sino un cambio radical: en vez de que la sociedad tolere o acepte una conducta privada o con consentimiento mutuo entre adultos, los defensores del matrimonio entre personas del mismo sexo procuran su respaldo y reconocimiento oficial.

Las decisiones de los tribunales de Massachusetts (2004) y de California (2008) han reconocido los matrimonios entre personas del mismo sexo. Esta tendencia constituye una grave amenaza para el matrimonio y la familia. La institución del matrimonio se debilitará, lo que resultará en consecuencias negativas tanto para los adultos como para los niños.

En noviembre de 2008, los votantes en California decidirán si se enmendará la constitución del estado a fin de definir el matrimonio únicamente entre un hombre y una mujer. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se ha unido a una coalición más extensa de otras denominaciones, organizaciones y de personas a fin de alentar la aprobación de los votantes respecto a esta enmienda.

Los habitantes de los Estados Unidos, actuando ya sea directamente o por medio de sus representantes elegidos, han reconocido el importante papel que el matrimonio tradicional ha tenido y que debe seguir teniendo en la sociedad estadounidense si se han de proteger a los niños y a las familias y si se han de propagar los valores morales.
En cuarenta y cuatro estados se han promulgado leyes que dejan en claro que el matrimonio es entre un hombre y una mujer. Más de la mitad de esos estados, veintisiete en total, lo han hecho por medio de enmiendas constitucionales, como las que están en trámite en California, Arizona y Florida.

Por el contrario, las personas que impondrían en la sociedad estadounidense el matrimonio entre personas del mismo sexo han elegido un curso diferente. Los que abogan por dicho matrimonio han llevado el caso a los tribunales estatales, solicitando que los jueces vuelvan a definir la institución del matrimonio que la sociedad ha aceptado y sobre la que ha dependido por miles de años. Sí, incluso en ese contexto, una gran mayoría de tribunales, seis de ocho tribunales supremos de estado, han apoyado las leyes del matrimonio tradicional. Sólo dos, Massachusetts y ahora California, han ido en dirección contraria, y en esos casos, únicamente por los márgenes más estrechos: de 4 a 3 en ambos casos.

En resumen, hay un firme consenso en Estados Unidos en cuanto a lo que es el matrimonio. Cuando la misma gente de California reconoció cuando votó en cuanto a ese asunto hace sólo ocho años, el matrimonio tradicional es esencial para la sociedad en general, y especialmente para los niños. Debido a que esta pregunta va dirigida al corazón mismo de la familia, debido a que es uno de los grandes temas morales de nuestros tiempos, y debido a que tiene el potencial de impactar enormemente a la familia, la Iglesia está dando su opinión en este asunto, y pidiendo a los miembros que tomen parte en ello.
Tolerancia, matrimonio entre personas del mismo sexo y libertad religiosa
Aquellos que abogan por el matrimonio homosexual afirman que la “tolerancia” exige que se les conceda el mismo derecho de casarse que tienen las parejas heterosexuales. Pero esta súplica por la “tolerancia” propone un significado y un resultado muy diferentes de lo que esa palabra ha significado a través de gran parte de la historia de los Estados Unidos y un significado diferente del que se encuentra en el evangelio de Jesucristo. El Salvador enseñó un concepto mucho más elevado, el del amor. “Ama a tu prójimo”, amonestó. Jesús amó al pecador aunque al mismo tiempo condenaba el pecado, como se manifestó en el caso de la mujer que fue sorprendida en adulterio: tratándola con bondad, pero exhortándola: “no peques más”. La tolerancia como un principio del Evangelio significa amarse y perdonarse unos a otros, no “tolerar” la transgresión.

En el mundo secular de hoy, la idea de la tolerancia ha cobrado un significado totalmente diferente. En vez de amor, ha llegado a significar aprobar o consentir un mal comportamiento como precio por la amistad. Jesús enseñó que nos amáramos y nos cuidáramos unos a otros sin aprobar la transgresión. Pero hoy día, la definición políticamente correcta insiste que a menos que una persona acepte el pecado, no tiene tolerancia por el pecador.
Como explicó el élder Dallin H. Oaks:

Obviamente, la tolerancia requiere una manera no contenciosa de relacionarnos en cuanto a las diferencias de los unos y los otros. Sin embargo, la tolerancia no requiere que abandonemos nuestras normas u opiniones en lo relacionado con decisiones políticas o de normas públicas. La tolerancia es una manera de reaccionar a la diversidad, no un mandato para aislarnos del análisis.
La Iglesia no aprueba el maltrato de los demás y alienta a sus miembros que traten a todas las personas con respeto. No obstante, el expresar opiniones en contra de las prácticas con las que la Iglesia está en desacuerdo por asuntos morales, incluyendo el matrimonio entre personas del mismo sexo, no constituye maltrato o el término usado erróneamente “diálogo de odio”. Podemos expresar amor y amistad sinceros por el miembro de la familia o el amigo homosexual sin aceptar la práctica de la homosexualidad ni la redefinición del matrimonio.

La legalización del matrimonio con personas del mismo sexo afectará un amplio espectro de actividades y normas gubernamentales. Tan pronto como el gobierno estatal declare que las uniones de personas del mismo sexo son un derecho civil, es casi seguro que esos gobiernos pondrán en vigor una variedad de normas que tengan como fin asegurar que no se discrimine a las parejas del mismo sexo. Esto bien podría poner a la “iglesia y al gobierno en una trayectoria de colisión”.

La posibilidad de tener el matrimonio entre personas del mismo sexo ya ha dado pie a colisiones legales con los derechos de libertad de expresión y de la acción basada en las creencias religiosas. Por ejemplo, los proponentes de ello y los oficiales gubernamentales de ciertos estados ya están cuestionando el derecho que por mucho tiempo han tenido las agencias religiosas de adopción de seguir sus creencias religiosas y únicamente colocar a los niños en hogares donde haya una madre y un padre. A consecuencia de ello, las Caridades Católicas de la ciudad de Boston han dejado de proporcionar servicios de adopción.

Otros defensores del matrimonio entre personas del mismo sexo recomiendan que se retiren las exenciones de impuestos y prestaciones de cualquier organización religiosa que no acepte las uniones de personas del mismo sexo. Las leyes para acomodar al público ya se están aplicando como un medio para tratar de obligar a las organizaciones religiosas para que permitan que se lleven a cabo celebraciones o recepciones matrimoniales en instalaciones religiosas que normalmente están abiertas al público. En algunos casos, organizaciones acreditadas están presionando a las escuelas y universidades religiosas para que proporcionen vivienda para estudiantes casados para matrimonios con personas del mismo sexo. En algunas universidades les están diciendo a las organizaciones religiosas de estudiantes que podrían perder su reconocimiento y prestaciones en el campus si excluyen a las parejas del mismo sexo de pertenecer a clubes.

Muchos de estos ejemplos ya se han hecho una realidad legal en varias naciones de la Unión Europea, y el Parlamento Europeo ha recomendado que las leyes que garanticen y protejan los derechos de los matrimonios entre personas del mismo sexo se uniformicen a lo largo de la Unión.  Por consiguiente, si el matrimonio entre personas del mismo sexo se convierte en un derecho civil reconocido, habrá un número considerable de conflictos con respecto a la libertad de religión, y en algunos puntos importantes, es posible que ésta se menoscabe.
¿En qué forma afectaría a la sociedad el matrimonio entre personas del mismo sexo?
Las posibles restricciones en la libertad de religión no son las únicas implicaciones que tendría en la sociedad la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo. Tal vez el argumento más común que hacen los que proponen el matrimonio entre personas del mismo sexo es que es esencialmente inofensivo y que no dañará la institución del matrimonio tradicional heterosexual de ningún modo. “No te afectará, así que ¿por qué te debería importarte?”, es el dicho común. Si bien es cierto que el permitir las uniones entre personas del mismo sexo no afectará inmediata y directamente a todos los matrimonios actuales, la verdadera pregunta es cómo afectará a la sociedad en general con el tiempo, incluyendo a la nueva generación y a las futuras generaciones. La experiencia que han tenido los pocos países europeos que ya han legalizado los matrimonios entre personas del mismo sexo sugiere que cualquier disolución de la definición tradicional del matrimonio seguirá deteriorando la estabilidad, ya débil, de los matrimonios y de la familia en general. El adoptar el matrimonio entre personas del mismo sexo pone en riesgo el concepto tradicional del matrimonio, con consecuencias nocivas para la sociedad.

Aparte de la sumamente grave consecuencia de socavar y debilitar la naturaleza sagrada entre un hombre y una mujer, hay muchas implicaciones prácticas en la esfera de la norma pública que serán de gran preocupación para los padres y para la sociedad entera. Estas implicaciones son críticas para poder entender la gravedad de todo el tema del matrimonio entre personas del mismo sexo.

Cuando un hombre y una mujer se casan con la intención de formar una nueva familia, su éxito en esa empresa depende de la voluntad que tengan para renunciar a la búsqueda egoísta de la satisfacción personal y sacrificar su tiempo y medios al cuidado y a la crianza de los hijos. Básicamente, el matrimonio es un acto desinteresado: legalmente protegido porque sólo un hombre y una mujer pueden crear vida nueva, y porque la crianza de los hijos requiere un compromiso de toda la vida, el cual el matrimonio ha de proporcionar. El reconocimiento por parte de la sociedad de los matrimonios entre personas del mismo sexo no se puede justificar por motivos de que proporciona satisfacción personal a la pareja, ya que el propósito del gobierno no es proporcionar protección legal para todas las maneras posibles mediante las cuales las personas procuran realizarse. Por definición, todas las uniones del mismo sexo son estériles, y dos personas del mismo sexo, cualesquiera sean sus afectos, nunca pueden formar un matrimonio que se dedique a criar a su propia descendencia mutua.

Es cierto que algunas parejas del mismo sexo pueden obtener tutela o custodia de hijos: mediante relaciones heterosexuales previas, mediante la adopción en los estados donde se permita, o mediante la inseminación artificial. A pesar de todo eso, la pregunta más importante sobre la norma pública debe ser: ¿cuál ambiente es el mejor para el niño y para la nueva generación? El matrimonio tradicional proporciona a los hijos una sólida identidad social bien establecida. Aumenta la posibilidad de que éstos puedan formar una clara identidad sexual, estando la sexualidad íntimamente vinculada al amor como a la procreación. Por el contrario, la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo probablemente desintegre la identidad social, el desarrollo del género y el carácter moral de los hijos. ¿Es en realidad prudente que la sociedad persiga un experimento tan radical sin tomar en cuenta las consecuencias de largo plazo que tendrá en los hijos?

Simplemente como un ejemplo de la forma en que esto tendrá un efecto adverso en los hijos, el establecimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo como derecho civil inevitablemente requerirá cambios obligatorios en los programas de estudios escolar. Cuando el gobierno afirma que las uniones del mismo sexo equivalen a matrimonios heterosexuales, el plan de estudios de las escuelas públicas tendrán que respaldar esa afirmación. Empezando en las escuelas primarias, a los niños se les enseñará que el matrimonio se puede definir como una relación entre dos adultos y que las relaciones sexuales con consentimiento mutuo son moralmente neutrales. Se puede esperar que la instrucción en las aulas de las escuelas secundarias sobre la educación sexual equiparen la intimidad sexual con las relaciones heterosexuales. Estos cambios crearán serios desacuerdos entre la agenda del sistema escolar secular y el derecho que tienen los padres de enseñar a sus hijos las normas tradicionales de la moralidad.

Por último, a lo largo de la historia, la familia ha sido un baluarte esencial de la libertad de las personas. Las paredes del hogar proporcionan una defensa contra las influencias sociales nocivas y los poderes a veces extralimitados del gobierno. En ausencia de maltrato o descuido, el gobierno no tiene el derecho de intervenir en la crianza y la educación moral de los hijos en el hogar.

Por consiguiente, las familias fuertes son vitales para la libertad política. Pero cuando los gobiernos se atreven a redefinir la naturaleza del matrimonio, a emitir reglamentaciones para asegurar la aceptación pública de las uniones no tradicionales, dan un paso más para intervenir en la esfera sagrada de la vida doméstica. Las consecuencias de cruzar esta línea son muchas e impredecibles, pero probablemente incluirán un aumento en el poder y el alcance del gobierno hacia cualquier fin que persiga.
La santidad del matrimonio
Las familias firmes y estables, encabezadas por un padre y una madre, son el ancla de la sociedad civilizada. Cuando el matrimonio se debilita debido a la confusión de los géneros y a las distorsiones de su significado divino, a la nueva generación de niños y jóvenes se les hará cada vez más difícil desarrollar su identidad natural como hombres o mujeres. A algunos se les hará más difícil entablar relaciones sanas, formar matrimonios estables y levantar aun otra generación a la que se le inculque fortaleza moral y propósito.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ha elegido participar, junto con muchas otras iglesias, organizaciones y personas, en defender la santidad del matrimonio entre un hombre y una mujer porque es un imperioso asunto moral de profunda importancia para nuestra religión y para el futuro de nuestra sociedad.

En el último renglón de la Proclamación sobre la Familia aparece una admonición al mundo de parte de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce: “Hacemos un llamado a los ciudadanos responsables y a los funcionarios de gobierno de todas partes para que fomenten aquellas medidas designadas a fortalecer a la familia y a mantenerla como la unidad fundamental de la sociedad”. Ése es el curso que han trazado los líderes de la Iglesia, y es el único camino de seguridad para la Iglesia y para la nación.