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Antes de ser miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, me llamaba la atención la pulcritud con la que los miembros asistían a la reunión sacramental, pensaba que todos eran de dinero o que tenían cierto estatus social. Pero después entendí que la verdad es que no era así, no todos eran económicamente acomodados, lo que sucedía es que tenían un concepto diferente, de la pulcritud y de la reverencia a lo sagrado.
La ropa que usan, los miembros de la Iglesia, en un lugar sagrado, en cualquier parte del mundo, perfectamente puede variar de acuerdo a la cultura o circunstancias económicas, pero no deja de ser la mejor.

Es posible que para muchas personas no es comprensible pensar que acudir a La Casa del Señor, especialmente en Su día santo, se debe hacer vestido de la mejor forma posible. Por ello, se puede preguntar:

¿Porqué es importante la ropa?

Muchos dicen que la ropa ni el arreglo personal son importantes, que lo mas importante es lo que hay en el interior de la persona, y … eso es lo preocupante, porque la vestimenta en un lugar donde se realizará un acontecimiento santo es un mensaje de lo que hay en el interior de esa persona. Puede ser orgullo,  rebeldía o tal vez otra cosa, lo cierto es que la informalidad en el vestir en un lugar como el que mencionamos, solamente dice de esa persona, que “no entiende la diferencia entre lo santo y lo profano”.

Nosotros somos santos de la magnífica dispensación de los últimos días y debemos lucir como personas que pertenecemos a ella. Cuando se cultiva una reverencia profunda por todo lo que es sagrado, el Santo Espíritu se convierte en nuestro compañero frecuente y luego constante. Por otro lado, aquellas personas que no aprecian las cosas sagradas las pierden. Sin un sentimiento de reverencia, tienden a tener una actitud y una conducta cada vez más despreocupadas, alejándose de las amarras que les proporcionan los convenios concertados con Dios.

El sentirse responsables ante Dios disminuye, para luego olvidarse. A partir de entonces, sólo se preocupan de su propia comodidad y de satisfacer sus apetitos desenfrenados. Por último, terminan por despreciar las cosas sagradas, incluso a Dios, y por despreciarse a sí mismos.

No olvidemos nunca que según aumenta la santidad en nosotros y se nos confía un conocimiento y un entendimiento mayores, debemos tratar esas cosas con cuidado. El Señor dijo: “…lo que viene de arriba es sagrado, y debe expresarse con cuidado y por el constreñimiento del Espíritu” (D. y C. 63:64). También mandó que no echemos perlas delante de los cerdos ni demos lo que es santo a los perros (véase 3 Nefi 14:6 y D. y C. 41:6), dando a entender que no debemos hablar de las cosas sagradas con los que no están preparados para apreciar su valor.

El Señor nos recomienda que seamos prudentes con lo Él nos da. Porque son cosas que se nos confía. Por ejemplo, no conviene que compartan su bendición patriarcal con cualquiera.

Todas las cosas sagradas y santas han de ser reveladas y reunidas en ésta la última y más maravillosa dispensación.

Con la restauración del Evangelio, de la Iglesia y del sacerdocio de Jesucristo, tenemos en nuestras manos una reserva casi incomprensible de cosas sagradas. No podemos ser negligentes ni permitir que se nos escapen de las manos.

En vez de caer en una vida despreocupada, debemos procurar una obediencia cada vez más exacta. Espero que piensen, sientan, se vistan y obren de modo que muestren reverencia y respeto por las cosas, las ocasiones y los lugares sagrados. Ruego que la percepción de lo sagrado destile sobre sus almas como rocío del cielo. Ruego que les permita acercarse más a Jesucristo, que murió, resucitó, vive y es nuestro Redentor. Ruego que les haga santos como Él lo es.

Síntesis de un mensaje pronunciado en una transmisión vía satélite del SEI realizada el 7 de Noviembre del año 2004    

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