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Sacrificio, tremenda palabra cuando se analiza su contexto, viene del latín sacrificium, que quiere decir ofrenda a una deidad en señal de homenaje o de expiación. Para nosotros los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, el sacrificio significa darle al Señor todo lo Él nos pida a fin de llevar a cabo Su obra, cuando nos referimos a “todo”, estamos refiriéndonos a nuestros bienes terrenales o a nuestras energías. La disposición al sacrificio que tenemos es una muestra de nuestra devoción a Dios.

El sacrificio expiatorio de Jesús, estableció el término de los sacrificios de sangre que se hacían antiguamente y se reemplazaron por la ordenanza de la Santa Cena que a su vez nos recuerda el gran sacrificio del Salvador. Los emblemas del pan y del agua nos recuerdan el cuerpo herido del Salvador y de Su sangre derramada por nosotros.

El Sacrificio que nos pide el Señor, esta descrito en 3Nefi 9:19-20 … “Y vosotros ya no me ofreceréis más el derramamiento de sangre; … vuestros holocaustos cesarán … Y me ofreceréis como sacrificio un corazón quebrantado y un espíritu contrito”; que significa que debemos sentir un profundo pesar por nuestros pecados al humillarnos y arrepentirnos de ellos.

Tenemos que estar dispuestos a sacrificar todo lo que poseamos al Señor, sino, recordemos en Romanos 12:1; el apóstol Pablo escribió que debemos convertirnos en sacrificios vivientes, santos y agradables a Dios.

Hay ejemplos de una relación entre el hombre y el sacrificio que realmente son conmovedores, tales como el de Abraham e Isaac descrito en Génesis 22:1-14, así como el del joven rico descrito en Lucas 18:18-23.

Debemos recordar que sólo por medio del sacrificio se llega a ser digno de vivir en la presencia de Dios y que sólo mediante el sacrificio disfrutaremos de la vida eterna. Así mismo recordar que el Señor reconociendo nuestros sacrificios nos promete: “Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos o hermanas, o padre, o madre, o mujer o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna” (Mateo 19:29).

Se pueden dar muchos ejemplos de personas que se sacrifican por el Señor, sin embargo debemos considerar que el obtener un lugar en el reino de nuestro Padre Celestial vale la pena cualquier sacrificio que tengamos que realizar, ya sea con nuestro tiempo, nuestras habilidades, nuestra energía, nuestro dinero y aún nuestra propia vida. Por medio del sacrificio podemos obtener el conocimiento de que el Señor nos acepta (DyC 97:8).  

Ref. Principios del Evangelio, pág. 169   

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