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Cuando uno frisa algunos años de edad, como es mi caso, ya existen experiencias de la vida que le dejan a uno enseñanzas y una de ellas es la que voy a compartir con Uds.

Era una tarde de agosto, yo contaba con 11 años de edad, todo el grupo de compañeros de clase, nos dirigíamos a la cancha de “football” para compartir un “match”, habíamos formado dos equipos y en medio de bromas, risas y tensiones propias de una antesala al partido, nos ubicamos en el campo de juego, yo jugaría de “wing” derecho, era mi posición predilecta, tenía, según los entendidos un buen “dribbling” y además corría bastante rápido. El réferi era el profesor de Educación Física y … ¡¡¡ sonó el pitazo de inicio del partido!!! … corríamos para arriba y para abajo, todos detrás de la pelota y a darle duro para meter un gol en el arco contrario. Habían transcurrido unos 30 minutos de haberse iniciado el segundo tiempo, cuando en el fragor del partido, sentí un golpe fortísimo en la rodilla izquierda y luego de caer al suelo me abrazó un dolor que lo sentí desde la punta de los pelos de la cabeza hasta las uñas de los dedos de los pies; me agarré la rodilla y me di cuenta que la rótula no estaba en su sitio, había recibido una patada que me sacó la rótula y quedó a un lado, el instinto de conservación me hizo estirar la pierna, agarrar mi rótula y colocarla en su sitio, todo esto sucedió en unos pocos minutos, muy pocos compañeros se dieron cuenta de lo que realmente me había sucedido, muchos pensaron que solamente era un golpe y nada mas. Como era de esperarse, inmediatamente la rodilla se me inflamó y era imposible sostenerme en pié, fui retirado por mis compañeros quienes me ayudaron a vestirme y llevarme a mi casa, casi cargado. Cuando llegué a casa, mi madre se alarmó tremendamente al verme que no podía sostenerme y mucho menos caminar, me ayudaron a recostarme en mi cama y mi madre con mucho amor me puso unos paños de agua para bajar la inflamación; el malestar me duró casi una semana y luego sentí que ya estaba mejor. Me puse de pié, caminé y todo estaba en orden, mi padre me compró una rodillera ortopédica, empecé a caminar, primero con mucho cuidado y después solamente con cuidado. Transcurrieron dos meses del accidente, y como era natural al sentirme bien, nuevamente quise jugar y lo que me sucedió fue terrible, en el primer intento de correr, se me safó la rótula y a pesar de todos los cuidados que empecé a tomar este malestar persistió hasta cuando terminé mi educación secundaria, el daño era mucho mas que la safadura de la rótula, había también daño en los tendones y los músculos. Mi afición por el football, se atenuó tanto que desde los 12 años nunca mas participe en un partido de “football”.

Muchos años después, cuando tenía aproximadamente 25 años de edad, vi en un diario local la fotografía de un ampón peligroso que en un asalto a un banco, había sido acribillado a balazos por la policía, la noticia que acompañaba a esta fotografía, describía a un individuo sumamente peligroso con un prontuario policial de nunca acabar. Era la fotografía de aquel compañero de colegio que me había lastimado la pierna y eliminado para siempre mi deseo de jugar “football”. Nunca me imaginé que él acabaría de esa manera, nunca sentí por él ningún rencor, siempre pensé que lo que ocurrió fue un accidente, un caso totalmente fortuito, nunca pasó por mi mente echarle la culpa de lo que me había ocurrido y de todo el sufrimiento físico que me produjo hasta estos días.

Cuando me enteré de la noticia que leí en el diario, solamente sentí pena y me puse a pensar en lo dolorosa que debe haber sido su vida y en la pena que debe hacer causado a su familia.

Esta experiencia vivida, me ha dejado una enseñanza, he aprendido que en el “partido de football” de la vida, nosotros estamos expuestos a sufrir una serie de situaciones dolorosas, físicas y espirituales, ocasionadas por otros seres semejantes a nosotros, capaces de lastimarnos para siempre, capaces de cortar a lo mejor muchas aspiraciones, capaces de producirnos dolor y pena. Probablemente muchos de ellos, que nos propinan de estos golpes dolorosos, lo hacen sin la intención de ocasionarnos algún mal, pero también hay muchos que lo hacen intencionalmente. He aprendido que ha pesar de ello, en nuestro corazón debe prevalecer el perdón, debe existir ese sentimiento de paz, que la mayoría de nosotros necesita.

Como manifestó el presidente James E. Faust, en la última Conferencia General de la Iglesia, “Si somos capaces de perdonar a aquellos que nos han causado dolor y daño, nos elevaremos a un nivel mayor de autoestima y de bienestar”.

El perdonar es liberar aquella energía que nos consume cuando tenemos rencor, cuando guardamos resentimientos y avivamos heridas que todavía no han sanado y darle a esta energía un mejor uso. Perdonar también es encontrar la fortaleza que habita en nosotros y usar mejor nuestra capacidad de comprender y aceptar a otras personas y a nosotros mismos.

Casi todos nosotros necesitamos a veces mayor tiempo para curar esas heridas del dolor y pérdidas que hayamos podido tener en el transcurso de nuestra vida y es posible que encontremos una serie de excusas para postergar el perdón, a veces una de estas excusas es esperar que quien nos haya herido, se arrepienta primero para poderlo perdonar y no nos damos cuenta que esa espera altera la paz y la felicidad que necesitamos.

El presidente Faust, en la conferencia antes mencionada, también manifestó: “El perdón llega con mayor facilidad cuando … tenemos fe en Dios y confiamos en Su palabra. Este tipo de fe permite que la gente resista lo peor de la humanidad y que piense en los demás; y lo que es más importante, le permite perdonar.”

“Todos nosotros sufrimos algunas heridas a raíz de experiencias que parecen no tener razón ni causa, y no logramos entenderlas ni encontrarles explicación. Quizá nunca lleguemos a saber por qué suceden algunas cosas en esta vida. La razón de parte de nuestro sufrimiento la conoce sólo el Señor, pero, ya que ocurre, se debe soportar. El presidente Howard W. Hunter dijo: “Dios sabe lo que nosotros no sabemos y ve lo que nosotros no vemos”.

El presidente Faust, también nos recordó que: “En nuestra época, el Señor nos ha amonestado: “Debéis perdonaros los unos a los otros”, y después lo convierte en algo esencial cuando dice: “Yo, el señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres”.

Recordando el himno 108, “Mansos, reverentes hoy” cuya letra dice”Perdonando a los demás, Cristo nos perdonará” termino, no sin antes testificar que se que el Padre Celestial vive. Sé que Jesús es el Cristo viviente, el Salvador del mundo y que si podemos perdonar sentiremos el gozo de la paz. En el nombre de Jesucristo, Amén.