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Jesucristo

 

Recordemos a Lamán y Lemuel hijos de Lehi, en el Libro de Mormón, que a pesar de ser adultos, eran hombres que se comportaban como niños por su falta de carácter y madurez espiritual, murmuraban y se quejaban si se les pedía hacer algo difícil; no aceptaban la autoridad de nadie para corregirlos; no valoraban las cosas espirituales y eran buenos para hacerse las víctimas. Hoy, algunos hombres actúan similarmente, es decir tienen las mismas actitudes.

En el transcurso de mi vida, he conocido a hombres quejumbrosos, que murmuran y se quejan de todo y por todo, algunos incluso actúan como si la meta de todo hombre debiera ser su propio placer. Algunas costumbres morales liberales, permiten que algunos hombres se liberen de sus obligaciones, permitiendo incluso tener hijos fuera del matrimonio y cohabitar en vez de casarse y asumir su rol. Algunos hombres llegan a considerase inteligentes por esquivar sus compromisos y consideran ingenuos a aquellos que se sacrifican por el bien de otros.

Lehi suplicó a sus hijos, diciéndoles “Levantaos del polvo, hijos míos, y sed hombres” (2Nefi 1:21; cursiva agregada). Atendiendo a esa súplica … ¡Debemos levantarnos del polvo de la autocomplacencia y ser hombres!.

Si bien es cierto que en gran medida, la verdadera hombría se define en nuestra relación con las mujeres, un hombre, debe ser íntegro. Integridad quiere decir ser veraces, pero también significa aceptar la responsabilidad y honrar los compromisos y convenios. Los hombres buenos a veces cometen errores. Un hombre íntegro afrontará y corregirá esos errores honradamente, y ese es un ejemplo respetable. En muchas ocasiones los hombres intentan pero fallan. No siempre se alcanzan los dignos objetivos a pesar de los mejores y sinceros esfuerzos que uno haga. La verdadera hombría no siempre se mide por los frutos de su trabajo, sino por el trabajo en sí: por el esfuerzo que uno hace.

A pesar de los sacrificios que muchas veces uno tiene que hacer y de negarse a sí mismo algunos placeres al tratar de honrar sus compromisos, un verdadero hombre vive una vida gratificante. Da mucho, pero recibe más, y vive feliz con la aprobación de nuestro Padre Celestial. La vida de la verdadera hombría es la buena vida.

Como dijo el Elder D. Todd Christofferson, en su mensaje de la conferencia general de octubre del 2006 (Liahona, Nov. 2006; Pág.46-48) – Pero más importante aún, cuando consideramos la admonición de ser hombres, debemos pensar en Jesucristo. Cuando Pilato hizo traer ante él a Jesús, quien llevaba la corona de espinas, él declaró: “¡He aquí el hombre!” (Juan 19:4-5). Tal vez Pilato no comprendía completamente el significado de sus propias palabras, pero el Señor efectivamente representó ante el pueblo de entonces y ante nosotros hoy, el máximo ideal de la hombría: ¡He aquí el hombre!.

Debemos emular a Jesucristo, Él rechazó la tentación, Él fue obediente, Él solamente hizo el bien, Él fue intrépido para oponerse al mal y al error y finalmente Él dio su vida para redimir a la humanidad. Seamos hombres como Él lo fue. 

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