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La Ofensa

Hace poco estuve en una reunión social a la que asistieron varios colegas y me encontré con uno en especial, con el que trabajé en un proyecto y compartimos una buena temporada, haciéndonos buenos camaradas, no lo veía hace mucho tiempo y me acerqué a él con toda naturalidad y mostrando mi sincera sorpresa de verlo, le estiré la mano para saludarlo, sin embargo, esa satisfacción no fue recíproca, parecía que él se había encontrado con la persona mas antipática de la reunión.

Sorprendido por esta reacción, busqué la oportunidad de hablarle y preguntarle a qué se debía esa reacción frente a mí, puesto que yo abrigaba un profundo aprecio, respeto y una sincera amistad hacia él; grande fue mi sorpresa cuando casi a boca de jarro, me dijo, “tu me ofendiste, nunca esperé una humillación tan grande de una persona a quien yo quería como a un hermano …..”; se trataba de un mal entendido que felizmente se aclaró, después de las mutuas explicaciones del caso volvimos a ser amigos.

Ya en casa, le comenté a mi esposa sobre lo ocurrido, sobre todo de cómo es posible muchas veces perder una vieja amistad por sentirse ofendido, sin existir tal ofensa.

Esta experiencia me ha permitido revisar algunos principios del Evangelio que deseo rijan mi vida, para empezar, ¿qué es ofender?, nuestra Guía para el Estudio de las Escrituras dice: Ofender = Quebrantar una ley divina, pecar o causar incomodidad o daño; también molestar o desagradar a alguien. Y según la Real Academia Española, Ofender significa: Humillar o herir el amor propio o la dignidad de alguien, o ponerlo en evidencia con palabras o con hechos; además de otras acepciones.

Por todas las razones que estas definiciones encierran, las personas generalmente  manifiestan un denominador común que es: “Me sentí ofendido por …”.

Ante un sentimiento de tal naturaleza, el Élder David A. Bednar , aconsejó no sentirse ofendidos, porque … “Cuando creemos o afirmamos que se nos ha ofendido, solemos querer decir que nos hemos sentido insultados, maltratados, desairados o que nos han faltado al respeto. Y, desde luego, al relacionarnos con las demás personas, vamos a ser objeto de expresiones torpes que nos hagan sentir vergüenza, de observaciones carentes de escrúpulos y maliciosas, por las que podríamos sentirnos ofendidos. No obstante, básicamente, es imposible que otra persona los ofenda a ustedes o que me ofenda a mí. De hecho, creer que otra persona nos ha ofendido es fundamentalmente falso, puesto que el sentirnos ofendidos es un sentimiento que escogemos experimentar y no un estado inferido a nosotros ni impuesto sobre nosotros por otra persona o cosa.

En la espléndida distribución de todas las creaciones de Dios, existen tanto las cosas que actúan como aquéllas sobre las cuales se actúa (véase 2 Nefi 2:13–14). Los hijos y las hijas de nuestro Padre Celestial hemos sido bendecidos con el don del albedrío moral, la capacidad de actuar y de escoger independientemente. Habiendo sido dotados del albedrío, ustedes y yo venimos a ser agentes, y ante todo hemos de actuar y no permitir tan sólo que se actúe sobre nosotros. El creer que alguien o algo podrá hacernos sentir ofendidos, irritados, lastimados emocionalmente o amargados disminuye nuestro albedrío moral y nos transforma en objetos sobre los cuales se actúa. Sin embargo, en calidad de agentes, ustedes y yo tenemos el poder de actuar y de escoger la forma en la que reaccionaremos ante una situación agraviadora o hiriente.

Thomas B. Marsh, que fue el primer Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles en esta dispensación, escogió sentirse ofendido por un asunto tan insignificante como la nata de la leche (véase Deseret News, abril de 1856, pág. 44). Brigham Young, en cambio, fue severa y públicamente reprendido por el profeta José Smith, pero escogió no sentirse ofendido por ello (véase Truman G. Madsen, “Hugh B. Brown—Youthful Veteran”, New Era, abril de 1976, pág. 16).

En muchos casos, el escoger sentirse ofendido es síntoma de un mal espiritual mucho más profundo y más grave. Thomas B. Marsh permitió que se actuase sobre él y lo que al final se desprendió de ello fueron la apostasía y el sufrimiento. Brigham Young fue un agente que ejerció su albedrío y actuó en conformidad con principios correctos, y llegó a ser un instrumento poderoso en las manos del Señor.

El Salvador ha sido el mayor ejemplo del modo en que debemos reaccionar ante sucesos o situaciones potencialmente insultantes.

“Y el mundo, a causa de su iniquidad, lo juzgará como cosa de ningún valor; por tanto, lo azotan, y él lo soporta; lo hieren y él lo soporta. Sí, escupen sobre él, y él lo soporta, por motivo de su amorosa bondad y su longanimidad para con los hijos de los hombres” (1 Nefi 19:9).

Mediante el fortalecedor poder de la expiación de Jesucristo, ustedes y yo seremos bendecidos para evitar sentirnos ofendidos y triunfar sobre la ofensa. “Mucha paz tienen los que aman tu ley, Y no hay para ellos tropiezo”, es decir, no hay ofensa para ellos (Salmos 119:165)”.

“Los invito a aprender acerca de las enseñanzas del Salvador con respecto al trato entre las personas y a aplicarlas a episodios que podrían interpretarse como ofensivos.

“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo.

“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; “Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos?

“Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles?

“Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:43–44; 46–48).

No deja de ser interesante que a la admonición: “Sed, pues, vosotros perfectos…” preceda de inmediato el consejo sobre el modo en que debemos actuar ante los que nos hacen mal y nos ofenden. Evidentemente, los estrictos requisitos que llevan a la perfección de los santos comprenden asignaciones que nos ponen a prueba. Si alguna persona dice o hace algo que consideramos insultante, nuestra primera obligación es negarnos a sentirnos ofendidos y, en seguida, comunicarnos en privado, con sinceridad y directamente con esa persona. Ese modo de actuar invita a la inspiración del Espíritu Santo y permite que se aclaren los conceptos erróneos, y que al mismo tiempo, se comprendan las verdaderas intenciones”.

Yo doy pleno testimonio del Señor viviente y Su poder para ayudarnos a no sentirnos ofendidos y superar las ofensas que nos puedan afectar. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

 

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