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Hacealgún tiempo leí en una revista noticiosa lo siguiente: “Sentado en el lugar más alto de la tierra, a las 12 y 25 del día 18 de mayo del 2006, Vitor Negrete, 38 años, se convirtió en el primer brasileño en alcanzar la cumbre del monte Everest, a 8,849 metros de altitud, sin usar oxígeno extra. ….Esa fue su última imagen con vida. Vitor falleció 14 horas después en pleno descenso, tras haberse expuesto a los efectos de la altitud y el frío extremo por más tiempo de lo que un organismo humano puede soportar. …”

El artículo finaliza de la siguiente manera: “… Es difícil comprender las razones por las que un alpinista arriesga su vida en las montañas. Muchos de ellos ni siquiera logran explicarlas. Quizás una de las últimas frases que mencionó Vitor en vida, respondiendo a esta pregunta a su mejor amigo, nos permita entender mejor esa vocación por enfrentarse a la muerte: Porque me siento más cerca de Dios.

Esta última frase me puso a pensar en varias preguntas, entre ellas, ¿hasta dónde puede llegar el hombre por acercarse a Él?, ¿Él querrá que nos arriesguemos de esa manera?.

Responder a ellas, fue mas difícil y polémico. El hombre es orgulloso, sino recordemos la historia bíblica, construyó la torre de Babel porque quería acercarse a Él, no a la manera del Señor, sino a su manera y el hombre fue castigado.

Sin embargo hay una manera de acercarnos más a Él, aplicando la doctrina del sacerdocio que acerca más a las personas a Dios, concediéndonos la oportunidad de llegar a ser como Él y de vivir eternamente en Su presencia. Esta doctrina es aplicable a los hombres y mujeres como hijos de Dios. Recordemos que:

En el año 1823, se aparece el ángel Moroni a José Smith y le cita varios pasajes de las Escrituras, tal como el de Malaquías: “He aquí, yo os revelaré el sacerdocio por medio de Elías el profeta”. Se puede decir que éste es el primer registro con referencia al sacerdocio en esta dispensación.

Luego en el año 1829, Juan el Bautista restauró el Sacerdocio Aarónico (DyC 13) y luego siguió Pedro, Santiago y Juan para restaurar el Sacerdocio de Melquisedec (DyC 18:9, 27:12).

En 1836, Moisés y Elías restauraron las llaves del recogimiento de Israel y de la dispensación del Evangelio de Abraham (DyC 110:11-12), seguidos después por Elías, quien restauró las llaves del sellamiento. La revelación concluye con estas palabras dirigidas al profeta José: “Por tanto, se entregan en vuestras manos las llaves de esta dispensación” (DyC 110: 13-16).

Una vez que toda la autoridad, los oficios y las llaves del sacerdocio, de nuevo, se encontraban sobre la tierra, en el año 1841, el Señor recalcó al Profeta la importancia de construir templos, donde el Señor pondría a disposición de Sus hijos e hijas las ordenanzas del sacerdocio mediante las cuales se prepararían para regresar a Su presencia.

De esta manera, el sacerdocio, mediante las obras del Espíritu, nos conduce más cerca de Dios a través de la ordenación, de las ordenanzas y del refinamiento de la naturaleza de las personas, lo que brinda a los hijos de Dios la oportunidad de llegar a ser como Él y vivir eternamente en Su presencia, haciendo de ésta una obra más gloriosa que mover montañas (Moisés 1:39).

Podemos concluir con el Himno 87: “Cual rocío, que destila”, que particularmente me recuerda de cómo la doctrina del sacerdocio nos acerca más a Él, sin necesidad de poner en peligro nuestra vida.

Cual rocío que destila

En la hierba del vergel,

Tu palabra salvadora

Llega a tu pueblo fiel

Deja, Padre bondadoso,

Tu doctrina destilar;

Bendecida para darnos

el eterno bienestar.

         

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