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Hace algunos años atrás, en el año 2004 para ser más exacto, en la sesión del domingo por la mañana, la hermana Julie B. Beck, en ese entonces Primera Consejera de la Presidencia general de las Mujeres Jóvenes. Dio un discurso titulado “Corazón de madre” con la finalidad de enseñar que cada niña y cada mujer, se preparan para su misión divina y eterna de maternidad. En esa oportunidad, una parte de ese discurso me gustó mucho, simplemente porque de una manera muy sencilla y simple, ella enseñó que toda mujer desde muy niña se prepara para ser madre. Esa parte la quiero compartir con ustedes, especialmente dedicada a todas las mujeres del mundo en su día:

 

“La función de la mujer no comenzó en la tierra y no termina aquí. La mujer que valora la maternidad en la tierra valorará la maternidad en el mundo venidero, y “donde esté [su] tesoro, allí estará también [su] corazón” (Mateo 6:21). Al cultivar un “corazón de madre”, cada niña y cada mujer se prepara para su misión divina y eterna de maternidad. “Cualquier principio de inteligencia que [logre] en esta vida se levantará con [ella] en la resurrección; y si en esta vida una persona adquiere más conocimiento e inteligencia que otra, por medio de su diligencia y obediencia, hasta ese grado le llevará la ventaja en el mundo venidero”,  (D. y C. 130:18–19).

He visto en la vida que algunos de los más auténticos “corazones de madre” laten en el pecho de mujeres que no criarán a hijos propios en esta tierra, pero ellas saben que “todas las cosas tienen que acontecer en su hora” y que están “poniendo los cimientos de una gran obra” (D. y C. 64:32–33).

Al guardar sus convenios, están invierten en un gran y prestigioso futuro porque saben que “a quienes guarden su segundo estado, les será aumentada gloria sobre su cabeza para siempre jamás” (Abraham 3:26). Hace poco estuve en un parque donde conocí a un grupo de mujeres con “corazón de madre”. Son mujeres jóvenes y fieles a sus convenios, inteligentes con licenciaturas de respetadas universidades. Dedicaban sus muchos dones a proyectos para aquel día y a compartir ideas sobre el gobierno de una casa.

Enseñaban a pequeños de dos años a ser bondadosos unos con otros, calmaban a los bebés, consolaban a los chiquitines que se quejaban de algo y les enjugaban las lágrimas. Pregunté a una de esas madres cómo pudo trasladar sus talentos de tan buen grado a la función de madre. Ella me respondió: “Sé quién soy y lo que debo hacer. Todo lo demás deriva de eso”.

Esa joven madre edificará la fe y el carácter en la próxima generación con una oración familiar a la vez, una sesión de estudio de las Escrituras, un libro leído en voz alta, una canción, una comida familiar tras otra. Se ha embarcado en una gran obra y sabe que “herencia de Jehová son los hijos… [y]… [Bienaventurada la mujer] que llenó su aljaba de ellos” (Salmos 127:3, 5). Ella sabe que la influencia de una madre recta y concienzuda que persevera día tras día es mucho más perdurable, mucho más poderosa y mucho más prestigiosa que cualquier puesto o institución terrenales inventados por el hombre. Entendió que, si es digna, tiene el potencial de ser bendecida como Rebeca de antaño de llegar a ser “madre de millares de millares” (Génesis 24:60).

Las mujeres fieles a sus convenios que tienen corazón de madre saben que, ya sea que la maternidad llegue temprano o tarde, ya sea que sean bendecidas con “su aljaba” llena de hijos aquí en la vida terrenal o no, ya sea que sean solteras, casadas o que hayan quedado solas a cargo de sus hijos, en los santos templos son “[investidas] con poder de lo alto” (D. y C. 38:32) y que, con esa investidura, reciben las bendiciones prometidas y “las creen y las [aceptan]” (véase Hebreos 11:13). Toda niña y toda mujer que hace y guarda convenios sagrados puede tener “corazón de madre”. No hay límite para lo que una mujer con “corazón de madre” puede llevar a cabo.

Las mujeres justas han cambiado el rumbo de la historia y continuarán haciéndolo, y su influencia se extenderá y crecerá a un ritmo cada vez más rápido a lo largo de las eternidades.

Cuán agradecida estoy al Señor por confiar a las mujeres la divina misión de la maternidad. Al igual que la madre”.

 

Con este artículo quiero rendir mi homenaje a todas las madres del mundo, manifestándo que todo lo que se dice en él lo comparto porque es verdad.