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Hay dos momentos del padecimiento físico de Jesús, entendible únicamente cuando se tiene el verdadero conocimiento de Su grandeza. Son los siguientes:

Getsemaní

 “Getsemaní: El nombre significa ‘lagar de aceite’ y probablemente se refiere a una prensa que se conservaba allí para extraer el aceite de los olivos cultivados en ese lugar. San Juan menciona que el sitio era un jardín, y esta designación nos conduce a conceptuarlo como un terreno vallado de propiedad particular. El mismo escritor (Juan 18:1, 2) indica que era un lugar al cual solía ir Jesús cuando deseaba apartarse para orar, o conversar confidencialmente con los discípulos”

 “Para la mente finita, la agonía de Cristo en el jardín es insondable, tanto en lo que respecta a intensidad como a causa… No fue el dolor físico, ni la angustia mental solamente, lo que le hizo padecer tan intenso tormento que produjo una emanación de sangre de cada poro, sino una agonía espiritual del alma que sólo Dios es capaz de conocer. Ningún otro hombre, no importa cuán poderosa hubiera sido su fuerza de resistencia física o mental, podría haber padecido en tal forma, porque su organismo humano hubiera sucumbido, y un síncope le habría causado la pérdida del conocimiento y ocasionado la muerte anhelada. En esa hora de angustia, Cristo resistió y venció todos los horrores que Satanás, ‘el príncipe de este mundo’, pudo infligirle… “En alguna forma efectiva y terriblemente real, aun cuando incomprensible para el hombre, el Salvador tomó sobre sí la carga de los pecados de todo el género humano”.

El Calvario

 “Parece que además de los espantosos sufrimientos consiguientes a la crucifixión, se había repetido de nuevo la agonía del Getsemaní, intensificada más de lo que el poder humano podía soportar. En esa hora más crítica, el Cristo agonizante se hallaba a solas, solo en la más terrible realidad.

A fin de que el sacrificio supremo del Hijo pudiera consumarse en toda su plenitud, parece que el Padre retiró el apoyo de Su Presencia inmediata, dejando al Salvador de los hombres la gloria de una victoria completa sobre las fuerzas del pecado y de la muerte…

“Pronto pasó el momento de debilidad, la sensación de abandono completo, y se hicieron sentir los deseos naturales del cuerpo. La sed enloquecedora, que constituía una de las peores agonías de la crucifixión, causó que se escapara de los labios del Salvador Su única expresión de padecimiento físico. ‘Tengo sed’ —dijo [Juan 19:28]. Uno de los que se hallaban allí —si fue romano o judío, discípulo o incrédulo, nada nos es dicho— empapó en el acto una esponja en un vaso de vinagre que estaba cerca, y colocando la esponja en el extremo de una caña o vara de hisopo, la acercó a los febriles labios del Señor…

“Comprendiendo plenamente que ya no estaba abandonado, sino que el Padre había aceptado Su sacrificio expiatorio, y que Su misión en la carne había llegado a una gloriosa consumación, Jesús exclamó en alta voz de sagrado triunfo: ‘Consumado es’ [Juan

19:30]. Entonces con reverencia, resignación y alivio, se dirigió a Su Padre, diciendo: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu’ [Lucas 23:46]. Inclinó la cabeza, y voluntariamente entregó Su vida.

“Había muerto Jesús el Cristo. No le fue quitada Su vida sino de acuerdo con Su voluntad. A pesar de lo dulce y gustosamente aceptado que habría sido el alivio de la muerte en cualquiera de las primeras etapas de sus padecimientos —desde el Getsemaní hasta la cruz— vivió hasta que todas las cosas se cumplieron de acuerdo con lo que se había decretado”.

 

 

 

Ref.: véase Jesús el Cristo, págs. 643-644; 651 y 695–696).  Por Élder James E. Talmage