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 Satanás es capaz de destruir a una familia dentro de las paredes de su hogar, porque incita a la ira de los miembros  entre sí. Satanás es el “padre de la contención, y él irrita los corazones de los hombres, para que contiendan con ira, unos con otros” (3 Nefi 11:29; cursiva agregada).

En el Diccionario de la Real Academia Española, la palabra “Irritar” significa “Hacer sentir ira” y a la vez “Ira” significa: “1) Pasión del Alma, que causa indignación y enojo; 2) Apetito o deseo de venganza; 3) Furia o violencia de los elementos y 4) Repetición de actos de saña, encono o venganza”

Se puede uno imaginar lo que sucede en una familia, ¿cuándo hay irritabilidad entre sus miembros?… pues simplemente se produce un desastre.

El Elder Lynn G. Robbins, una vez describió una receta para un desastre, él dijo: “El verbo “irritar” se podría poner en una receta para un desastre: Haga calentar los ánimos, mézclelos con palabras bruscas hasta que empiecen a hervir; siga revolviendo hasta que adquieran consistencia; enfríelos; deje enfriar los sentimientos durante varios días; sírvalo helado; tiene para rato.”

 

Lo importante es darse cuenta que es posible decidir no irritarse y a la vez no creer que somos víctimas de una emoción incontrolable.

Debemos recordar que nadie nos hace enojar. Otras personas no nos hacen enojar. No hay fuerza de por medio. Simplemente el enojarse es una elección consciente, es una decisión de nosotros mismos, es decir nosotros elegimos enojarnos.

 

También debemos recordar cuando el Señor dice: “He aquí, ésta no es mi doctrina, agitar con ira el corazón de los hombres, el uno contra el otro; antes bien mi doctrina es ésta, que se acaben tales cosas” (3Nefi 11:29-30). Lo cual da por sentado el albedrío y es una petición a la mente consciente de que tome una decisión. El Señor espera que tomemos la decisión de no irritarnos.

 

Si la ira no se controla, puede causar en forma rápida una explosión de palabras crueles y de otras formas de abuso emocional que pueden dejar una cicatriz en un corazón tierno. Es “lo que sale de la boca” dijo el Salvador, lo que “contamina al hombre” (Mateo 15:11).

 

El maltrato físico es la ira totalmente fuera de control; nunca se justifica y siempre es injusto.

La ira es un intento descortés de hacer sentir culpable a alguien o una forma cruel de tratar de corregir a los demás. A menudo es una disciplina mal catalogada, pero casi siempre contraproducente.

Por lo tanto, las Escrituras nos advierten: “Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas” y “Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten” (Colosenses 3:19, 21).

 

La elección y la responsabilidad son principios inseparables. Debido a que la ira es una elección, se hace una seria advertencia en la Proclamación a “las personas… que abusan de su cónyuge o de sus hijos… que un día deberán responder ante Dios”.

El entender la conexión que existe entre el albedrío y la ira es el primer paso para eliminarla de nuestra vida. Tenemos la elección de no enojarnos, y podemos tomar esa decisión hoy día, de inmediato: Nunca más me volveré a enojar.

 

Recordemos que: Debemos guiar a nuestra familia “por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero” (véase D. y C. 121:41–42).

 

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