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Del odio al amor solo hay un paso, es una frase muy conocida, incluso diría yo, una frase trillada, hasta cierto punto una frase siútica. Sin embargo hay mucha gente que la tiene en cuenta, sobre todos aquellos que siendo rechazados y odiados por la persona de sus sueños tienen la esperanza de alcanzar su amor algún día.

Es una frase interesante porque se ha logrado enlazar dos conceptos totalmente opuestos, el odio y el amor.

El Odio es una intensa antipatía y aversión hacia alguna cosa o persona, mientras que, el amor, es una profunda devoción y afecto.  En Wikipedia, leemos los siguientes conceptos: “El odio es un sentimiento negativo, de profunda antipatía, disgusto, aversión, enemistad o repulsión hacia una persona, cosa, situación o fenómeno, así como el deseo de evitar, limitar o destruir aquello que se odia”. “El amor es considerado como un conjunto de comportamientos y actitudes involuntarios y desinteresados, que se manifiestan en seres capaces de desarrollar inteligencia emocional o emocionalidad”.

Estos dos sentimientos, encontrados de por sí, son vitales en el quehacer cotidiano de las personas, muchas veces por situaciones sin mayor importancia, el hombre, intercambia estos sentimientos, una profunda amistad, con amor, puede tornarse en aversión y antipatía, es posible entra en ira y por lo tanto en odio, como consecuencia de ello, es posible que pueda hacer y/o cometer un desatino que más tarde le cause pesar.

El Señor dijo: “Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino” (Mateo 5:25). De este modo nos manda resolver nuestros desacuerdos lo más pronto posible, a no ser que la ira del momento alcance niveles de crueldad física o emocional y quedemos bajo el dominio de nuestra ira.

Cuando se tiene amor, el perdonar, disipa el odio. El presidente Brigham Young comparó el sentirse ofendido a la mordedura de una víbora. Dijo que “hay dos formas de actuar cuando a alguien lo muerde una serpiente de cascabel: una, perseguirla y matarla debido a la rabia, el miedo o la venganza; o tratar de sacar rápidamente el veneno del cuerpo”. Dijo: “Si hacemos lo último, lo más probable es que sobrevivamos, pero si decidimos hacer lo primero, es posible que no vivamos para terminar la tarea”; Ensing, 1970, pág. 2

Permítanme ahora tomar un momento para recalcar que en primer lugar debemos asegurarnos de no causar mordeduras espirituales o emocionales a nuestra familia. En gran parte de la cultura popular actual, se menosprecian las virtudes del perdón y de la bondad, mientras que se fomenta la burla, la ira y la crítica severas. Si no tenemos cuidado, podríamos ser víctimas de esos hábitos en nuestro hogar y en nuestras familias, y al poco tiempo empezaremos a criticar a nuestro cónyuge, nuestros hijos y demás familiares. ¡No lastimemos con críticas egoístas a quienes más amamos! Dentro del seno familiar, las discusiones insignificantes y las críticas sin importancia, si no las detenemos, envenenarán las relaciones y se intensificarán hasta llegar al distanciamiento e incluso al maltrato y al divorcio. En vez de ello, al igual que el veneno ponzoñoso, debemos actuar rápidamente para disminuir las discusiones, eliminar las burlas, evitar la crítica y disipar el resentimiento y la ira. No podemos darnos el lujo de cavilar en esos sentimientos peligrosos, ni siquiera un día.

El perdón no requiere que aceptemos ni toleremos la maldad ni que hagamos caso omiso del mal que nos rodea o al de nuestra propia vida. Pero al luchar contra el pecado, no debemos permitir que el odio ni la ira controlen nuestros pensamientos o acciones.

El Salvador dijo: “Por tanto, os digo que debéis perdonaros los unos a los otros; pues el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado” (D. y C. 64:9).

Eso no quiere decir que perdonar sea fácil. Cuando alguien nos ha lastimado a nosotros o a aquellos que amamos, el dolor puede ser casi insoportable. Parecería que el dolor o la injusticia es lo más importante del mundo y que no hay otro remedio más que la venganza. Sin embargo, Cristo, el Príncipe de Paz, nos enseña algo mejor. Podría resultar muy difícil perdonar a alguien el daño que nos haya hecho, pero cuando lo hacemos, nos encaminamos hacia un futuro mejor. El mal que nos haya hecho otra persona deja de controlar el curso de nuestra vida. El perdonar a los demás nos libera para escoger cómo viviremos. El perdonar significa que los problemas del pasado no marcarán más nuestro destino y podremos concentrarnos en el futuro con el amor de Dios en el corazón.