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La Expiación es un tema muy importante y sin embargo muy poco entendido por algunas personas, tal vez por poca claridad en la explicación. En el Libro “Principios del Evangelio” (http://www.lds.org/languages/additionalmanuals/gospelprinciples/start_here_2.pdf), encontramos el tema muy bien explicado. Pongo a consideración un resumen del mismo.

Jesucristo “…vino al mundo… para ser crucificado por el mundo y para llevar los pecados del mundo, y para santificarlo y limpiarlo de toda iniquidad; para que por medio de él fuesen salvos todos” (D. y C. 76:41–42). Al gran sacrificio que Él hizo con el fin de pagar por nuestros pecados y vencer la muerte se le llama Expiación y es el acontecimiento más importante que jamás ha tenido lugar en la historia de la humanidad. “Porque es necesario que se realice una expiación; pues según el gran plan del Dios Eterno, debe efectuarse una expiación, o de lo contrario, todo el género humano inevitablemente debe perecer… sí, todos han caído y están perdidos, y, de no ser por la expiación que es necesario que se haga, deben perecer” (Alma 34:9).

La Expiación fue necesaria para nuestra salvación

La caída de Adán tuvo como consecuencia que hubieran dos clases de muerte en el mundo: la muerte física y la muerte espiritual. La muerte física es la separación del cuerpo y del espíritu. La muerte espiritual es la separación de la presencia de Dios. Si la expiación de Jesucristo no hubiera vencido esas dos clases de muerte, las consecuencias hubieran sido las siguientes: nuestro cuerpo y nuestro espíritu habrían quedados separados para siempre y jamás hubiéramos podido volver a vivir con nuestro Padre Celestial.

Sin embargo, nuestro sabio Padre Celestial preparó un maravilloso y misericordioso plan para salvarnos de la muerte física y de la muerte espiritual. Él planeó que un Salvador viniera a la tierra y nos rescatara (redimiera) de nuestros pecados y de la muerte. Debido a nuestros pecados y a las debilidades de nuestro cuerpo mortal, nos hubiera sido imposible rescatarnos a nosotros mismos (véase Alma 34:10–12).

Aquel que fuese nuestro salvador necesitaría estar libre de pecado y tener poder sobre la muerte.

Cristo era el único que podía expiar nuestros pecados

Son varias las razones por las cuales Jesucristo era la única persona que podía ser nuestro Salvador. Una de ellas es que nuestro Padre Celestial lo eligió para serlo. Él era el Hijo Unigénito de Dios y por consiguiente tenía poder sobre la muerte. Jesús explicó: “…yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar” (Juan 10:17–18).

La otra razón por la cual se hizo merecedor de ser nuestro Salvador es que fue la única persona que vivió sobre la tierra sin cometer pecado alguno. Eso lo hizo digno de sacrificarse para pagar por los pecados de los demás.

Cristo sufrió y murió para expiar nuestros pecados

El Salvador expió nuestros pecados en Getsemaní y al dar Su vida en la cruz. Es imposible para nosotros comprender completamente todo lo que Él sufrió por todos nuestros pecados. En el huerto de Getsemaní, el peso de nuestros pecados le ocasionó tal agonía y dolor que sangró por cada uno de sus poros (véase D. y C. 19:18–19). Más tarde, colgado de la cruz, padeció una dolorosa muerte causada por uno de los métodos más inhumanos que jamás haya conocido el hombre.

¡Cuánto debe amarnos Jesucristo para soportar por nosotros tal agonía física y espiritual! ¡Cuán grande es el amor de nuestro Padre Celestial que envió a su Hijo Unigénito para que sufriera y muriera por el resto de Sus hijos. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

La expiación y resurrección de Jesucristo proporcionan la resurrección a todo el género humano

Al tercer día de Su crucifixión, Cristo tomó nuevamente Su cuerpo y se convirtió en la primera persona resucitada. Cuando Sus amigos fueron a buscarlo a la tumba, los ángeles que guardaban la entrada les dijeron: “No está aquí, pues ha resucitado como dijo” (Mateo 28:6). Su espíritu había penetrado de nuevo en Su cuerpo para no separarse jamás.

Cristo venció la muerte física y, gracias a Su expiación, todo el que nace en esta tierra también resucitará (véase 1 Corintios 15:21–22). De la misma forma en la que Jesús resucitó, nuestro espíritu también se volverá a reunir con nuestro cuerpo, “…de modo que no pueden morir ya más… para no ser separados nunca más” (Alma 11:45). A ese estado se le llama Inmortalidad. Todas las personas que han vivido sobre la tierra resucitarán “…tanto viejos como jóvenes, esclavos así como libres, varones así como mujeres, malvados así como justos” (Alma 11:44).

La Expiación permite que todos los que tengan fe en Jesucristo sean salvos de sus pecados

La expiación del Salvador permite que podamos vencer la muerte espiritual. Aun cuando todas las personas resucitarán con su cuerpo de carne y hueso, sólo los que hayan aceptado la Expiación se salvarán de la muerte espiritual.

Aceptamos el sacrificio expiatorio de Cristo al depositar nuestra fe en Él. Por medio de esa fe, nos arrepentimos de nuestros pecados, nos bautizamos, recibimos el Espíritu Santo y obedecemos Sus mandamientos. De esa forma nos convertimos en fieles discípulos de

Jesucristo; somos perdonados y quedamos limpios de nuestros pecados y nos preparamos para volver a vivir para siempre con nuestro Padre Celestial.

El Salvador nos dice: “Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan… así como yo” (D. y C.

19:16–17). Cristo hizo la parte que le correspondía para expiar nuestros pecados; por consiguiente, para hacer que Su expiación sea plenamente eficaz en nuestra vida, debemos esforzarnos por obedecerlo y arrepentirnos de nuestros pecados.

Nuestros pecados son nuestras deudas espirituales. Sin Jesucristo, nuestro Salvador y Mediador, todos pagaríamos por nuestros pecados por medio de la muerte espiritual. Sin embargo, gracias a Él, si guardamos los términos que nos ha impuesto, el de arrepentirnos y obedecer Sus mandamientos, regresaremos a vivir con nuestro Padre Celestial.

Es maravilloso que Cristo nos haya proporcionado la forma de salvarnos de nuestros pecados. Él dijo:

“He aquí, he venido… para salvar al mundo del pecado.

“Por tanto, al que se arrepintiere y viniere a mí como un niño pequeñito, yo lo recibiré, porque de los tales es el reino de Dios. He aquí, por éstos he dado mi vida, y la he vuelto a tomar; así pues, arrepentíos y venid a mí, vosotros, extremos de la tierra, y sed salvos (3 Nefi 9:21–22).

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