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Hace poco leí en una revista de investigación neurobiológica, un artículo que me llamó la atención, el artículo se titulaba “El Odio tiene lugar en el Cerebro”; en él señalaba el autor, que unos científicos ingleses habían descubierto algunas zonas del cerebro que se activan cuando las personas odian y que estas zonas eran diferentes a aquellas que se activan ante la presencia de sentimientos relacionados con el miedo o la cólera y que sin embargo comparten las zonas como el putamen y la corteza insular que se activan con el amor. Señalando además que los sentimientos de odio activan otras zonas que comúnmente se activan con sentimientos relacionados con las agresiones.

Pero lo que más me llamó la atención fue que, los estudios científicos se hicieron en varios cerebros pero motivados por fotografías de personas o hechos que estos odiaban o tenían una razón para odiar.

Este estudio científico me confirmó definitivamente que el odio o cualquier otro sentimiento negativo es el producto de una decisión totalmente individual, es decir, es uno el que decide odiar, enojarse o entrar en un estado de ira o simplemente, no odiar, no enojarse y no irritarse. De tal modo que las frases: “Me hizo enojar”, “perdí el control”, etc. etc. son simplemente pretextos para justificar una mala elección.

El odio es un sentimiento generado por una situación de enojo descontrolado frente a una frustración, siendo, pues, el enojo una elección, es decir “nosotros elegimos enojarnos”.

En la Traducción de José Smith de Efesios 4:26, Pablo pregunta: “¿Podéis airaros, y no pecar?” El Señores bien claro en este asunto: “…aquel que tiene el espíritu de contención  no es mío, sino es del diablo, que es el padre de la contención, y él irrita los corazones de los hombres, para que contiendan con ira unos con otros.

“He aquí, ésta no es mi doctrina, agitar con ira el corazón de los hombres, el uno contra el otro; antes bien mi doctrina es ésta, que se acaben tales cosas” (3Nefi 11:29-30).

Esta doctrina o mandamiento del Señor da por sentado el albedrío y es una petición a la mente consciente de que tome una decisión. El Señor espera que tomemos la decisión de no irritarnos, de no enojarnos, de no odiar.

Son sabidas las consecuencias de nuestros actos, cuando de por medio, está la ira, el enojo o el odio; sentimientos que conllevan a comportamientos hostiles. La elección y la responsabilidad son principios inseparables, por lo tanto, la elección de no tener ira, de no enojarnos y de no odiar; es una sabia decisión, sobre todo en nuestra trato con la familia, especialmente con nuestra esposa o nuestros hijos, con ellos nunca debemos abrigar esos sentimientos, muy por el contrario, a nuestra familia los debemos guiar “por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero”.