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En la Reunión Mundial de Capacitación de Líderes del 10 de Enero del 2004 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, el entonces ya fallecido Segundo Consejero de la Primera  Presidencia, el Presidente James E. Faust, intervino con un discurso titulado “Los desafíos con los que se enfrenta la familia” que perfectamente se adecúa a la realidad actual y que en la parte inicial de su intervención referente a la desintegración de la familia, manifestó lo siguiente:

Hoy día me gustaría hablar acerca de los desafíos con los que se enfrenta la familia. En tiempos recientes, la sociedad ha sido asolada por un cáncer. Me refiero a la desintegración de muchos de nuestros hogares y familias. La confusión y el desorden son muy comunes en la sociedad, pero no debemos permitir que destruyan a nuestras familias. En todos los países

hay un desmoronamiento general del fundamento moral que ataca a las sagradas instituciones familiares con nuevos desafíos. Ustedes saben esto porque nos vemos sumidos en ello. Los gobiernos ejercen cada vez menos la autoridad moral, así que las principales instituciones que alientan la vida recta son la Iglesia y la familia.

La relación familiar de padre, madre e hijos es la institución más antigua, la que más ha perdurado en el mundo, y la que ha sobrevivido a todas las diferencias del tiempo, a la geografía y la cultura. Considerando que el matrimonio entre un hombre y una mujer es un estado natural ordenado por Dios, el profeta José Smith enseñó que “el matrimonio [es] una institución celestial, fundada en el Jardín de Edén; (y) que es necesario que sea solemnizada por la autoridad del sacerdocio sempiterno” ; es una obligación moral.

Sin duda, el matrimonio es la decisión más importante de la vida terrenal. Nadie debe casarse sólo por casarse; se requiere una preparación madura para asumir las importantes responsabilidades que son inherentes a esta sagrada relación. El matrimonio requiere fe, fe en uno mismo, fe en el cónyuge y fe en el Señor. También requiere un cometido total de parte de ambas partes.

¡El primer paso para establecer una familia es casarse! La renuencia de algunos para casarse aumenta en todo el mundo. Entre 1970 y 2001, el porcentaje de matrimonios en Estados Unidos bajó del 76.5 al 45.6. Los factores principales que contribuyen a este descenso son los jóvenes que posponen el matrimonio, el aumento en la población adulta que nunca se ha casado, y el incremento en la convivencia. Los porcentajes de cinco países de Sudamérica que informaron los promedios de matrimonios han disminuido en forma espectacular en la década pasada y, en la mayoría de los países europeos, también ha ido en declive en forma dramática durante varias décadas. Sin embargo, los estudios muestran que es más probable que los Santos de los Últimos Días se casen más que la población en general y también que, los hombres que se casan, por lo general, viven más, son más saludables y más felices que aquellos que no lo hacen.

En el corazón de una familia feliz está la completa devoción mutua de los padres. En lo que se relaciona a la intimidad sexual, la ley del Señor es abstinencia antes del matrimonio y fidelidad después de casarse. Tal como se declara en “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”: “los sagrados poderes de la procreación se deben utilizar sólo entre el hombre y la mujer legítimamente casados, como esposo y esposa”.

Por desgracia, el matrimonio está perdiendo su valor. La convivencia es ampliamente aceptada en muchos lugares como una alternativa al matrimonio y a menudo se percibe como

un matrimonio a prueba, con pocos compromisos.

Desde 1960, en Estados Unidos ha habido un aumento del 760 por ciento de parejas no casadas que viven juntas, llegando a la cantidad de 3.8 millones de parejas para el año 2000. Muchas de las parejas convivientes terminan sin casarse y duran poco. Las estadísticas muestran que las parejas que conviven tienen más probabilidades de separarse que las parejas casadas.

Las estadísticas de algunos países representativos indican que el porcentaje de divorcios también va en aumento y los expertos pronostican que la mitad de las mujeres de Estados Unidos experimentarán la ruptura de su matrimonio en algún momento en la vida. Otra estadística alarmante es que los nacimientos fuera del matrimonio han aumentado en un 158 por ciento.

También preocupa el cambio de actitud acerca del propósito del matrimonio. Más y más jóvenes consideran el matrimonio como “una relación de pareja que tiene por objeto satisfacer las necesidades emocionales de los adultos, en vez de ser una institución para la crianza de los hijos”. La búsqueda de una relación de “pareja compatible” puede debilitar el matrimonio como institución para la crianza de los hijos.

Otro desafío perturbador para la familia es que a los hijos se los valora menos. En muchas partes del mundo, la gente tiene menos hijos; y probablemente el aborto es la señal más clara de que las parejas no desean hijos. Se calcula que una cuarta parte de todos los embarazos que se gestan en el mundo terminan en abortos inducidos. Los porcentajes van desde casi el 50 por ciento en Europa hasta cerca del 15 por ciento en África.

La confianza total entre los cónyuges enriquece grandemente el matrimonio y nada destruye más ese núcleo de confianza mutua que la infidelidad. El adulterio no se justifica nunca. Alguna que otra vez los matrimonios sobreviven a esta experiencia destructiva y las familias se conservan, pero eso requiere que el cónyuge agraviado brinde un amor sin reservas tan grande que perdone y olvide. Requiere que el cónyuge pecador desesperadamente desee arrepentirse, que con humildad busque el perdón y que en realidad abandone el pecado.

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