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En las Escrituras muchas veces encontramos acontecimientos en los cuales se describe que algunas veces era preferible que un hombre perezca y no toda una población o comunidad.

A continuación quiero compartir con ustedes este interesante artículo que es el punto de vista de los autores y que no necesariamente representa la posición de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, del Instituto Maxwel ni de la Universidad Brighan Young. Basado en investigaciones realizadas por John W. Welch y Heidi Harkness Parker.  Traducida por Estrella La Font Díaz

Cuando constriñó a Nefi a que matara a Labán, el Espíritu dio la sobria justificación de que “es preferible que muera un hombre que dejar que una nación degenere y perezca en la incredulidad” (1 Nefi 4: 13). Alma utilizó la misma justificación cuando, con renuencia, sometió a Korihor al castigo divino (véase Alma 30: 47). Este principio va totalmente en contra de la jurisprudencia liberal moderna, pero bajo la ley bíblica prevalecía una visión distinta para algunos casos.

Segundo Samuel 20 es un ejemplo fundamental. El rey David buscaba la vida de Seba, un rebelde culpable de traición. Cuando Seba se refugió en la ciudad de Abel, Joab, que era el jefe del ejército de David, exigió que se le entregara a Seba. En cambio, el pueblo de Abel decapitó a Seba y Joab se retiró. Este episodio se convirtió en un importante precedente legal que justificaba el matar a una persona para preservar a toda una comunidad.

Otro caso del Antiguo Testamento, que se preserva de forma más completa en la tradición oral judía, es el relativo a Joacim, el rey de Judá que se rebeló contra Nabucodonosor. Nabucodonosor se dirigió a Antioquía y exigió que el gran consejo judío entregara a Joacim o de lo contrario la nación sería destruida. Joacim protestó: “¿Descartan una vida en favor de otra?” Sin inmutarse, el consejo replicó: “¿No hizo tu antepasado exactamente lo mismo con Seba, hijo de Bicri?”. Joacim fue entregado a Nabucodonosor, quien lo llevó a Babilonia (véase 2 Crónicas 36: 6), donde, según cabe suponer, fue ejecutado. Debido a que Sedequías se convirtió en rey menos de cuatro meses después (véase versículos 9-10), en el tiempo en que comienza el relato del Libro de Mormón (véase 1 Nefi 1: 4), es probable que Nefi tuviera clara conciencia de cómo el principio de “uno por muchos” se utilizó para justificar la muerte de Joacim. Está claro que los casos de Labán y Korihor encajan con esta tradición.

Con los años, la cuestión del equilibrio adecuado entre los derechos del individuo y las necesidades de la comunidad se tornó en tema de debate en la ley judía. En un extremo, los fariseos sostenían que no se debía jamás entregar a ningún individuo por el bien de la comunidad. En el otro extremo, los saduceos, quienes a menudo cooperaron con los romanos, defendían que, con tal que las autoridades nombraran una víctima en particular, era más que suficiente. Esta norma, conocida como la Resolución Adriánica, se encuentra en el Talmud de Jerusalén.

Adoptando una posición intermedia, la mayoría de los eruditos rabínicos han aceptado el principio de “uno por muchos”, pero lo limitan a casos como el de Seba en el que (1) la demanda era efectuada por una autoridad reconocida, (2) la persona solicitada era ya culpable, (3) se identificaba a la persona por su nombre, (4) las personas de la comunidad eran inocentes, y (5) el grupo se veía, de alguna forma, amenazado de destrucción si rehusaban.

Como cabía esperar, el principio de “uno por muchos” es al que, irónicamente, acudió Caifás (que era saduceo), para defender su postura a favor de que Jesús muriera (véase Juan 11: 49-50). Aun cuando es evidente que los que le escuchaban estaban familiarizados con este principio, es probable que, como saduceos y fariseos, estuvieran divididos en cuanto a su aplicación.

Basándonos tan sólo en el Nuevo Testamento, el principio de “uno por muchos” del Libro de Mormón podría haber parecido un anacronismo. Sin embargo, una visión más completa muestra que este principio estuvo en vigencia en la cultura israelita mucho antes, curiosamente en la propia época de Nefi. Esto era algo que José Smith no tenía forma de haber sabido y constituye una cuestión sobre la que pocos expertos en historia del derecho tienen conocimiento aun hoy en día.

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