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En Juan 8 se contrasta la forma implacable en que los fariseos trataron a la mujer con el tierno respeto y compasión que le mostró Jesucristo. Quizás en un intento por permitir que los fariseos comprendieran y se retractaran de su dureza con la mujer, el Salvador, “inclinado hacia el suelo, escribía en la tierra con el dedo” (Juan 8:6), como si no los escuchara. El “escribir en la tierra era un hecho simbólico bien conocido en la antigüedad que indicaba que la persona no deseaba tratar el asunto pendiente”9.

Sin embargo, los escribas y los fariseos siguieron molestando a Jesucristo y avergonzando a la mujer. Por compasión hacia la mujer, Jesús “se enderezó y les dijo: El que de entre vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo, siguió escribiendo en la tierra” (Juan 8:7–8). Hallándose expuestos y habiéndose condenado solos, uno por uno los acusadores vergonzosamente partieron, quedando sola la mujer adúltera para enfrentarse a Jesús.

Para su mérito, la mujer se quedó al lado de Jesucristo en lugar de huir. Posiblemente se sintió elevada y fortalecida por el respeto con el que Jesús la trató. Él le preguntó: “Mujer [o señora mía], ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado? Y ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más” (Juan 8:10–11)10.

Una vez más, el Evangelio de Juan testifica que Jesucristo trató a las mujeres con compasión y respeto, a pesar de los pecados que hubieran cometido. Como todos hemos pecado, el ejemplo de esa mujer que ejerció fe en Jesucristo puede brindarnos gran esperanza. Así como el Salvador demostró empatía por esa mujer bajo circunstancias difíciles y angustiantes, también consoló a María Magdalena cuando la halló llorando en el sepulcro del huerto.