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Esperar solamente la perfección ahora significaría negarnos a nosotros mismos la oportunidad de progresar.

Young woman with dove

Ilustraciones por Alisha Johnson; imagen de la paloma © Photomaster/Shutterstock.

Una de las ideas erróneas con las que en ocasiones luchamos en esta vida terrenal tiene que ver con el concepto de la perfección. Muchos creen equivocadamente que debemos alcanzar la perfección en esta vida a fin de ser salvos o exaltados.

Como terapeuta, me encontraba una vez en una reunión con una mujer cuando comenzó a llorar; ella dijo: “¿Cómo podré alguna vez ser lo suficientemente buena?”. Siguió hablando de lo indigna que era. Al explorar sus sentimientos, no se percibió ningún pecado grave de su pasado ni del presente; simplemente sentía que no era lo suficientemente buena. Se comparaba con sus vecinos, amigos y familiares, y todos a los que recordaba eran, a su modo de ver, “mejores” que ella.

Los pensamientos se convierten en nuestra realidad

Sé que hay muchos que han abrigado sentimientos de imperfección e inseguridad, ya sea en un llamamiento, como padres, o en general. Esos sentimientos pueden llevarnos a esconder nuestros talentos, a mantenernos alejados de los demás o a que sintamos desánimo, ansiedad o depresión. Lo que pensamos de nosotros mismos influye considerablemente en nuestro comportamiento y nuestros sentimientos. Muchos de nosotros nos decimos cosas que nunca diríamos a otra persona. Eso, a su vez, nos aleja de nuestro verdadero potencial y aminora nuestras habilidades y talentos. El presidente Ezra Taft Benson (1899–1994) dijo: “Satanás aumenta sus esfuerzos para vencer a los santos con las armas de la desesperación, el desaliento, el decaimiento y la depresión”1.

Afortunadamente, la “única opinión que importa es lo que nuestro Padre Celestial piensa de nosotros”, enseñó el élder J. Devn Cornish, de los Setenta. “Por favor, pregúntenle con sinceridad lo que Él piensa de ustedes. Él nos ama y nos corrige pero nunca nos desanima; ese es el truco de Satanás”2

La imperfección es una oportunidad

Estamos en la Tierra para tener gozo, y parte de ese gozo es lo que creamos, lo que creemos y lo que aceptamos. Si aceptamos que somos hijos imperfectos de Dios que estamos aprendiendo sobre la marcha, podemos aceptar nuestros defectos. Esperar la perfección inmediata significaría negarnos a nosotros mismos la oportunidad de progresar. Estaríamos negando el don del arrepentimiento y el poder de Jesucristo y Su expiación en nuestra vida. El élder Bruce R. McConkie (1915–1985), del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Hubo solo un ser perfecto: el Señor Jesucristo. Si los hombres [y las mujeres] hubieran de ser perfectos y tuvieran que obedecer estricta, completa y totalmente las leyes, solamente habría una sola persona salva en la eternidad. El profeta José Smith enseñó que hay muchas cosas que se deben hacer, aun después de la muerte, para lograr la salvación”3. Nuestras imperfecciones mismas pueden ser un medio por el que Dios nos esté preparando para regresar a Él.

Las debilidades pueden volverse fortalezas

Acudir a nuestro Padre Celestial en la imperfección requiere humildad. Este proceso se describe en Éter: “… y si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad. Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos” (Éter 12:27). Si somos humildes, nuestro Padre Celestial abrirá Sus brazos para ayudarnos a aprender de nuestras debilidades. Un ejemplo de ello se encuentra en el Nuevo Testamento. Al luchar con un “aguijón en [su] carne”, Pablo aprendió que dicha debilidad lo había humillado y acercado a Dios (véase 2 Corintios 12:7). Esa humildad y disposición para aprender es exactamente lo que debemos aplicar a nuestras imperfecciones. Debemos aprender de esas debilidades para que puedan convertirse en fortalezas.

Además, hay una diferencia entre humillarse y sentirse de poco valor o estima. La humildad nos acerca al Señor, mientras que la vergüenza y la culpa pueden alejarnos de Él. Dios no desea que nos menospreciemos y sintamos que somos de poco valor a Su vista; eso es hiriente para Él y para nosotros. Es importante reconocer que valemos el tiempo y el esfuerzo que se necesitan para cambiar. Parte del propósito de esta vida terrenal es encontrar maneras de cambiar nuestras debilidades. Algunas debilidades pueden ser batallas de toda la vida, mientras que otras pueden superarse más rápidamente.

Hace varios años trabajé con una cliente, Rachel (se ha cambiado el nombre), quien tenía problemas de alcoholismo. El alcohol se había convertido en una muleta y en un medio para liberar el estrés de su vida difícil; tomó la determinación de que vencería su adicción, y con ayuda y aliento, dejó de tomar alcohol. Antes de superar totalmente su problema con la bebida, no se denigraba a sí misma por causa de su debilidad; la reconocía. Entonces, con determinación y con la ayuda de un buen obispo, el Señor y algunas personas clave, Rachel tomó la determinación de que dejaría el alcohol. La última vez que hablé con ella, me dijo que no tenía el deseo de beber.

A fin de superar nuestras debilidades, debemos acudir al Señor con fe, esperanza y la seguridad de que Él nos sostendrá en la palma de Su mano. El presidente Russell M. Nelson, Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, ha aconsejado: “A la persona que es débil y temerosa de corazón, le digo: sea paciente con usted misma. La perfección no se logra en esta vida, sino en la próxima. No exija cosas que no sean razonables, pero exíjase a usted mismo mejorar. Al permitir que el Señor lo ayude con eso, Él marcará la diferencia”4.

Escojamos la felicidad ahora

Adjusting the sails on a boat

En el proceso de llegar a ser mejores, podemos elegir la paz y la felicidad ahora. Aun en medio de las circunstancias más sombrías, podemos escoger nuestra actitud. Viktor Frankl, conocido psiquiatra y sobreviviente del Holocausto, declaró: “… al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas: la de elegir su actitud ante un conjunto de circunstancias, la de escoger su propio camino”5.

Se nos enseña que “… existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25), lo cual no significa que Dios llenará mágicamente nuestra vida de felicidad. Para la mayoría de nosotros, la felicidad es una elección; requiere esfuerzo y poner en práctica la gratitud, la confianza y la fe. Lo negativo puede ocupar todo el espacio de nuestra vida si lo permitimos. Probablemente no podamos cambiar las circunstancias de nuestra vida, pero podemos elegir cómo reaccionaremos ante ellas. El presidente Thomas S. Monson dijo: “No podemos dirigir el viento, pero podemos ajustar las velas. A fin de tener la mayor felicidad, paz y satisfacción posibles, decidamos tener una actitud positiva”6.

Al decidir concentrarnos en lo bueno, confiar en el Señor y Su expiación, y aceptar y aprender de nuestras imperfecciones, podemos deshacernos de las expectativas poco realistas de nosotros mismos y esforzarnos por ser buenos y felices en la vida. Estaremos en paz con nuestras imperfecciones y hallaremos consuelo en el amor redentor de Dios. Tendremos gozo en el corazón al saber que el Plan de Salvación puede llevarnos de regreso a nuestro Padre Celestial a medida que damos nuestro mejor esfuerzo, pese a lo imperfecto que sea, por ser dignos de vivir nuevamente con Él.

Por:  Elizabeth Lloyd Lund

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