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“El Elder L. Tom Perrydel quórum de los Doce Apóstoles, en un discurso pronunciado en la Universidad B.Y en el año 2007: dijo

El Señor ha instruido solícitamente a Sus hijos sobre el plan del Evangelio durante períodos llamados dispensaciones, períodos en los que “el Señor tiene en la tierra por lo menos un siervo autorizado que posee [las llaves] [d]el santo sacerdocio …
“… Cuando el Señor organiza una dispensación, revela el Evangelio nuevamente, de manera que la gente de esa dispensación no tenga que depender de las anteriores para conocer el plan de salvación”.
Cada dispensación trae consigo una lección especial que podemos incluir en nuestros propios planes al prepararnos para nuestro”

Y estas dispensaciones son:

La dispensación de Adán: Llegar a ser como nuestro Padre Celestial

Las dispensaciones de Enoc y de Noé: Optar por la rectitud en vez de la maldad

La dispensación de Abraham: Hacer convenios y Guardarlos

La dispensación de Moisés: Seguir a los profetas del Señor

El meridiano de los tiempos: Así alumbre nuestra luz

y la última…

La dispensación del cumplimiento de los tiempos: Nos regocijamos en la plenitud del Evangelio

Vivimos en la extraordinaria época de la dispensación del cumplimiento de los tiempos, cuando el evangelio de Jesucristo ha sido restaurado en su plenitud (véase D. y C. 27:13). Nuestra generación tiene también el beneficio de todas las dispensaciones anteriores, lo que nos permite mejorar nuestra vida a medida que entendemos los tratos de Dios con Sus hijos.
Las palabras del Señor, que recibimos de Sus santos profetas a través de las épocas, nos han guiado en un plan que Él ha establecido para nosotros; ese plan es perfecto desde el principio de los tiempos hasta que tengamos la oportunidad, si vivimos dignamente, de morar con Él en las eternidades.

Y continuó diciendo…
Ustedes son hijos de la promesa; espero que no tengan planes de ser sólo personas comunes sino que se preparen para sobresalir.
En este mundo no hay lugar para la mediocridad; es preciso que luchemos por lograr la perfección. Al establecerse metas y esforzarse por alcanzarlas, pueden obtener la perfección en muchos aspectos.
Tienen un rico legado; no sientan temor de pensar y de actuar de acuerdo con los principios del Evangelio y de disfrutar de sus bendiciones mientras cumplen la medida de su creación como hijos de Dios. Que Él los bendiga para que tengan el deseo de seguir avanzando y de procurar la salvación mediante este gran plan que Él nos ha dado.

Autosuficiencia

Buenos Días Estimados Hermanos:
Agradezco infinitamente al Obispo por darme la oportunidad y el privilegio de dirigirme a ustedes a través de un Mensaje Dominical., cuyo contenido está relacionado con la autosuficiencia.
Debemos recordar que todos los miembros de la Iglesia tenemos responsabilidades relacionadas con el bienestar, las cuales son el ser autosuficientes y cuidar del pobre y el necesitado.
Como hijos de nuestro Padre Celestial, confiamos en El para que nos sostenga en todo lo que hagamos. Todo lo que está en el cielo y en la tierra le pertenece y El nos ha dado todo lo que tenemos: nuestros talentos, nuestras habilidades y todos los bienes materiales. En otras palabras, nos ha dado la mayordomía sobre las cosas con las que nos ha bendecido.
Dios jamás nos abandona, pero tampoco hace por nosotros aquello que nosotros podemos hacer por nosotros mismos.
El Señor nos ha mandado a utilizar las cosas que hemos recibido de El para mantenernos y mantener a nuestra familia.
Cuando hacemos esto, entonces somos AUTOSUFICIENTES.
En D y C 78:13-14; se nos manda a todos y cada uno de los miembros de la Iglesia, a ser autosuficientes e independientes y esta responsabilidad ha sido reiteradamente explicada por nuestros actuales profetas.
Se nos ha dicho que: “La responsabilidad del bienestar social, emocional, espiritual, físico y económico de cada persona, descansa primero sobre sí mismo, segundo sobre la familia y tercero sobre la Iglesia si es un fiel miembro de ésta.
“Ningún miembro fiel, Santo de los Últimos Días, que esté física y emocionalmente capacitado, cederá voluntariamente la carga de su propio bienestar o del de su familia, a otra persona, sino que mientras pueda, bajo la inspiración del Señor y con sus propios esfuerzos se abastecerá a sí mismo y a su familia con lo que les haga falta espiritual y temporalmente en la vida.
Si nosotros aceptamos responsabilidad de nuestro propio bienestar y el de nuestra familia, estaremos en mejores condiciones de mantenernos en el diario vivir, estaremos mejor preparados para enfrentarnos a las adversidades sin tener que depender de otras personas; así honraremos a la vez la sagrada relación que el Señor a establecido entre marido y mujer y entre padres e hijos.
Es posible que en algún momento de nuestra vida, pueda haber una época en la cual no podamos hacer frente a nuestras necesidades sin la ayuda de otras personas. En estas circunstancias primero debemos recurrir a nuestra familia, y luego, si fuera necesario, a la Iglesia.
Como parte de su Iglesia, el Señor ha organizado la manera de ayudar mediante el Plan de Bienestar a los miembros en estas circunstancias, mientras éstos tratan de recuperar su autosuficiencia.
Hace muchos años atrás, la Primera Presidencia, aclaró el propósito del Plan de Bienestar de la Iglesia, y manifestó: “Nuestro propósito principal era establecer, hasta donde fuese posible, un sistema mediante el cual se acabara con la maldición de la ociosidad, se abolieran los daños de la limosna y se establecieran una vez más entre nuestra gente la independencia, la industria, la frugalidad (sobriedad – parco en el comer y beber) y el auto respeto. El designio de la Iglesia es ayudar a la gente a ayudarse a sí misma. El trabajo ha de ocupar nuevamente el trono como principio gobernante en la vida de los miembros de la Iglesia.”
A fin de mejorar nuestra AUTOSUFICIENCIA, debemos prepararnos en los siguientes aspectos: Educación, salud y trabajo.
Entendiendo que cada uno de estos aspectos requiere profundizar más y esto implica tiempo, en ésta oportunidad solamente señalaré qué debemos hacer en cada caso:
EDUCACIÓN:
 Mejorar nuestra habilidad de leer, escribir y llevar a cabo ejercicios básicos de matemáticas.
 Estudiar las Escrituras y otros buenos libros.
 Aprender a comunicarnos eficazmente con los demás.
 Aprovechar las oportunidades que se nos presente para ampliar nuestro conocimiento.
SALUD
 Obedecer la Palabra de Sabiduría.
 Hacer ejercicios con regularidad.
 Obtener adecuada asistencia médica y dental, si fuera posible obtener una póliza de seguros.
 Mantener limpia nuestra vivienda y sus alrededores.
 Evitar las substancias o costumbres que puedan dañar nuestro cuerpo o nuestra mente.
TRABAJO:
 Elegir una buena ocupación y luego prepararnos para obtenerla.
 Capacitarnos y obtener la experiencia necesaria para llegar a ser diestros en nuestro trabajo.
 Ser diligentes, buenos trabajadores y dignos de confianza.
 Prestar un servicio honrado por el pago y los beneficios que recibamos.
Ruego que todos seamos responsables de nuestro propio bienestar y el de nuestra familia, en el nombre de Jesucristo, Amén.

¡¡No!! … al Odio

Hace poco leí en una revista de investigación neurobiológica, un artículo que me llamó la atención, el artículo se titulaba “El Odio tiene lugar en el Cerebro”; en él señalaba el autor, que unos científicos ingleses habían descubierto algunas zonas del cerebro que se activan cuando las personas odian y que estas zonas eran diferentes a aquellas que se activan ante la presencia de sentimientos relacionados con el miedo o la cólera y que sin embargo comparten las zonas como el putamen y la corteza insular que se activan con el amor. Señalando además que los sentimientos de odio activan otras zonas que comúnmente se activan con sentimientos relacionados con las agresiones.

Pero lo que más me llamó la atención fue que, los estudios científicos se hicieron en varios cerebros pero motivados por fotografías de personas o hechos que estos odiaban o tenían una razón para odiar.

Este estudio científico me confirmó definitivamente que el odio o cualquier otro sentimiento negativo es el producto de una decisión totalmente individual, es decir, es uno el que decide odiar, enojarse o entrar en un estado de ira o simplemente, no odiar, no enojarse y no irritarse. De tal modo que las frases: “Me hizo enojar”, “perdí el control”, etc. etc. son simplemente pretextos para justificar una mala elección.

El odio es un sentimiento generado por una situación de enojo descontrolado frente a una frustración, siendo, pues, el enojo una elección, es decir “nosotros elegimos enojarnos”.

En la Traducción de José Smith de Efesios 4:26, Pablo pregunta: “¿Podéis airaros, y no pecar?” El Señores bien claro en este asunto: “…aquel que tiene el espíritu de contención  no es mío, sino es del diablo, que es el padre de la contención, y él irrita los corazones de los hombres, para que contiendan con ira unos con otros.

“He aquí, ésta no es mi doctrina, agitar con ira el corazón de los hombres, el uno contra el otro; antes bien mi doctrina es ésta, que se acaben tales cosas” (3Nefi 11:29-30).

Esta doctrina o mandamiento del Señor da por sentado el albedrío y es una petición a la mente consciente de que tome una decisión. El Señor espera que tomemos la decisión de no irritarnos, de no enojarnos, de no odiar.

Son sabidas las consecuencias de nuestros actos, cuando de por medio, está la ira, el enojo o el odio; sentimientos que conllevan a comportamientos hostiles. La elección y la responsabilidad son principios inseparables, por lo tanto, la elección de no tener ira, de no enojarnos y de no odiar; es una sabia decisión, sobre todo en nuestra trato con la familia, especialmente con nuestra esposa o nuestros hijos, con ellos nunca debemos abrigar esos sentimientos, muy por el contrario, a nuestra familia los debemos guiar “por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero”.

La Expiación

La Expiación es un tema muy importante y sin embargo muy poco entendido por algunas personas, tal vez por poca claridad en la explicación. En el Libro “Principios del Evangelio” (http://www.lds.org/languages/additionalmanuals/gospelprinciples/start_here_2.pdf), encontramos el tema muy bien explicado. Pongo a consideración un resumen del mismo.

Jesucristo “…vino al mundo… para ser crucificado por el mundo y para llevar los pecados del mundo, y para santificarlo y limpiarlo de toda iniquidad; para que por medio de él fuesen salvos todos” (D. y C. 76:41–42). Al gran sacrificio que Él hizo con el fin de pagar por nuestros pecados y vencer la muerte se le llama Expiación y es el acontecimiento más importante que jamás ha tenido lugar en la historia de la humanidad. “Porque es necesario que se realice una expiación; pues según el gran plan del Dios Eterno, debe efectuarse una expiación, o de lo contrario, todo el género humano inevitablemente debe perecer… sí, todos han caído y están perdidos, y, de no ser por la expiación que es necesario que se haga, deben perecer” (Alma 34:9).

La Expiación fue necesaria para nuestra salvación

La caída de Adán tuvo como consecuencia que hubieran dos clases de muerte en el mundo: la muerte física y la muerte espiritual. La muerte física es la separación del cuerpo y del espíritu. La muerte espiritual es la separación de la presencia de Dios. Si la expiación de Jesucristo no hubiera vencido esas dos clases de muerte, las consecuencias hubieran sido las siguientes: nuestro cuerpo y nuestro espíritu habrían quedados separados para siempre y jamás hubiéramos podido volver a vivir con nuestro Padre Celestial.

Sin embargo, nuestro sabio Padre Celestial preparó un maravilloso y misericordioso plan para salvarnos de la muerte física y de la muerte espiritual. Él planeó que un Salvador viniera a la tierra y nos rescatara (redimiera) de nuestros pecados y de la muerte. Debido a nuestros pecados y a las debilidades de nuestro cuerpo mortal, nos hubiera sido imposible rescatarnos a nosotros mismos (véase Alma 34:10–12).

Aquel que fuese nuestro salvador necesitaría estar libre de pecado y tener poder sobre la muerte.

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Del odio al amor solo hay un paso, es una frase muy conocida, incluso diría yo, una frase trillada, hasta cierto punto una frase siútica. Sin embargo hay mucha gente que la tiene en cuenta, sobre todos aquellos que siendo rechazados y odiados por la persona de sus sueños tienen la esperanza de alcanzar su amor algún día.

Es una frase interesante porque se ha logrado enlazar dos conceptos totalmente opuestos, el odio y el amor.

El Odio es una intensa antipatía y aversión hacia alguna cosa o persona, mientras que, el amor, es una profunda devoción y afecto.  En Wikipedia, leemos los siguientes conceptos: “El odio es un sentimiento negativo, de profunda antipatía, disgusto, aversión, enemistad o repulsión hacia una persona, cosa, situación o fenómeno, así como el deseo de evitar, limitar o destruir aquello que se odia”. “El amor es considerado como un conjunto de comportamientos y actitudes involuntarios y desinteresados, que se manifiestan en seres capaces de desarrollar inteligencia emocional o emocionalidad”.

Estos dos sentimientos, encontrados de por sí, son vitales en el quehacer cotidiano de las personas, muchas veces por situaciones sin mayor importancia, el hombre, intercambia estos sentimientos, una profunda amistad, con amor, puede tornarse en aversión y antipatía, es posible entra en ira y por lo tanto en odio, como consecuencia de ello, es posible que pueda hacer y/o cometer un desatino que más tarde le cause pesar.

El Señor dijo: “Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino” (Mateo 5:25). De este modo nos manda resolver nuestros desacuerdos lo más pronto posible, a no ser que la ira del momento alcance niveles de crueldad física o emocional y quedemos bajo el dominio de nuestra ira.

Cuando se tiene amor, el perdonar, disipa el odio. El presidente Brigham Young comparó el sentirse ofendido a la mordedura de una víbora. Dijo que “hay dos formas de actuar cuando a alguien lo muerde una serpiente de cascabel: una, perseguirla y matarla debido a la rabia, el miedo o la venganza; o tratar de sacar rápidamente el veneno del cuerpo”. Dijo: “Si hacemos lo último, lo más probable es que sobrevivamos, pero si decidimos hacer lo primero, es posible que no vivamos para terminar la tarea”; Ensing, 1970, pág. 2

Permítanme ahora tomar un momento para recalcar que en primer lugar debemos asegurarnos de no causar mordeduras espirituales o emocionales a nuestra familia. En gran parte de la cultura popular actual, se menosprecian las virtudes del perdón y de la bondad, mientras que se fomenta la burla, la ira y la crítica severas. Si no tenemos cuidado, podríamos ser víctimas de esos hábitos en nuestro hogar y en nuestras familias, y al poco tiempo empezaremos a criticar a nuestro cónyuge, nuestros hijos y demás familiares. ¡No lastimemos con críticas egoístas a quienes más amamos! Dentro del seno familiar, las discusiones insignificantes y las críticas sin importancia, si no las detenemos, envenenarán las relaciones y se intensificarán hasta llegar al distanciamiento e incluso al maltrato y al divorcio. En vez de ello, al igual que el veneno ponzoñoso, debemos actuar rápidamente para disminuir las discusiones, eliminar las burlas, evitar la crítica y disipar el resentimiento y la ira. No podemos darnos el lujo de cavilar en esos sentimientos peligrosos, ni siquiera un día.

El perdón no requiere que aceptemos ni toleremos la maldad ni que hagamos caso omiso del mal que nos rodea o al de nuestra propia vida. Pero al luchar contra el pecado, no debemos permitir que el odio ni la ira controlen nuestros pensamientos o acciones.

El Salvador dijo: “Por tanto, os digo que debéis perdonaros los unos a los otros; pues el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado” (D. y C. 64:9).

Eso no quiere decir que perdonar sea fácil. Cuando alguien nos ha lastimado a nosotros o a aquellos que amamos, el dolor puede ser casi insoportable. Parecería que el dolor o la injusticia es lo más importante del mundo y que no hay otro remedio más que la venganza. Sin embargo, Cristo, el Príncipe de Paz, nos enseña algo mejor. Podría resultar muy difícil perdonar a alguien el daño que nos haya hecho, pero cuando lo hacemos, nos encaminamos hacia un futuro mejor. El mal que nos haya hecho otra persona deja de controlar el curso de nuestra vida. El perdonar a los demás nos libera para escoger cómo viviremos. El perdonar significa que los problemas del pasado no marcarán más nuestro destino y podremos concentrarnos en el futuro con el amor de Dios en el corazón.

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